La música como evocadora de las más bellas emociones

dtlkUna vida se cimenta en recuerdos. Sin recuerdos no somos nadie, no hemos sido nadie. Mirar atrás, normalmente, supone un bálsamo, nos reconforta, nos retrotrae a épocas que anhelamos, nos hace viajar a nuestra infancia querida, a una etapa en la que el mundo –la vida– no era cruel, y no lo era porque no lo conocíamos, y lo que no conocemos no puede intimidarnos, no puede herirnos ni dañarnos. La retrospectiva nos cobija, nos reconforta, nos priva de la conciencia presente y nos recuerda que el triste presente fue tal vez un pasado feliz. Pero también nos arriesgamos a ver el profundo pozo en el que abismamos nuestros males. Hablo en general, porque también hay vidas desgraciadas en todas sus épocas, vidas que no han conocido la felicidad, ni la dulzura, ni el amor de un padre o de una madre… Pero normalmente ese tiempo pasado suele ser un trozo de nuestra memoria al que acudimos para buscar una luz que quizá expiró hace mucho. Es por esto lo terrible de la enfermedad que nos arrebata la memoria, porque nos roba aquello que fuimos, lo que vivimos, lo que nos hace, al fin y al cabo, personas. No nos hace el dinero ni el éxito, ni el lujo ni el poder, es aquello que sentimos tiempo ha, las vivencias ya pasadas, lejanas o cercanas, que conformaron lo que somos, porque somos un trasunto de lo vivido, el resultado de momentos quizá olvidados en lo más profundo de nuestro ser.

Por eso cuando algo como la música posee ese único poder evocador, supone una experiencia extática cuando holla en nuestra memoria y restituye ciertos recuerdos, algo parecido a lo que consiguen algunos olores o sabores. La música es quizá el arte más excelso que existe por esto mismo, porque reconstruye lo que somos, redefine nuestra concepción del mundo al transportarnos a rincones donde se esconden sentimientos que creíamos perdidos u olvidados; la música nos cuenta nuestra historia, nuestro relato, nos dice lo que fuimos, se muestra inmisericorde con el yo actual y nos dice que quizá una vez fuimos alguien muy distinto, nos enseña cómo la propia vida ha impuesto su ley y se ha salido con la suya. La música resucita ilusiones vividas, ilusiones perdidas, ilusiones rotas en pedazos, ilusiones que creíamos eternas pero que acabaron siendo efímeras, ilusiones que naufragaron y se convirtieron en desilusiones. La música es nuestra biógrafa más implacable.

La música es el arte reminiscente, es el arte en su más prístina esencia; porque ella desnuda el alma, rescata remotos recuerdos, convierte en presente el pasado, en muchos pasados. Esa canción que escuchamos con nuestro padre en el coche cuando sólo nos estábamos asomando al mundo, esa canción que amaba nuestra madre y tarareaba cuando nos acurrucaba y arrullaba, esa canción que nos poníamos cuando llegábamos a casa y nos recordaba a esa persona que nos robó el corazón… El volver escuchar aquello que fue parte de nosotros, de nuestra vida, de nuestro bagaje, es volver a ser lo que fuimos, volver a sentir, volver a mirar, volver a amar; es resucitar a quienes ya nos están junto a nosotros, revivir los bellos momentos en los que sonaba aquella canción, regresar al corazón herido, evocar lo más hermoso que conservamos en lo más preciado de nuestra memoria.

La música es esperanza, un asidero cuando la vida te atenaza, un destello cuando todo se apaga; es el reclamo de un pasado que nos conmovió o enamoró o ilusionó, es el olvido redivivo, la constatación de que hay sentimientos que nunca mueren por mucho tiempo que pase, que se mantienen incólumes porque son ellos los que rememoran el camino que recorrimos y dejamos atrás, que hubo personas que nos quisieron o nos amaron o nos tendieron su mano, que hubo sensaciones que no nos debería arrebatar el tiempo, que hubo amor donde hoy quizá sólo haya cenizas, que hubo, al fin y al cabo, un pasado que tristemente se desvanece en el recuerdo.

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