Hipocresía patria

bvvbgUno de los infinitos –y ninguno bueno– rasgos del Capitalismo es su total desprecio por la vida humana. Este cruel sistema parte de la premisa que toma al trabajador como fuente de producción y de riqueza para drenar de manera inmisericorde las ganancias que éste pueda generar. La alienación de la clase obrera, supeditada a mero instrumento a explotar, emana de la aceptación social de las condiciones que impone el Capitalismo, extirpando de la sociedad la conciencia de clase e implementando una visión del trabajo –de la explotación– como algo dignificador, casi como si de un favor concedido por el Estado para el bienestar del ciudadano. De esta forma el Capital ha transformado el pensamiento global tan hábilmente que el trabajador medio es incapaz de tomar conciencia de que eso que le dicen que es su «contribución al buen funcionamiento del país» no es más que una explotación consentida, que si tiene un empleo de mierda con un salario aún más mierda no sólo debe conformarse sino que además debe dar las gracias («el trabajo dignifica», nos han dicho siempre). Se conforma así una clase trabajadora que vive en una caverna que ve como realidad sólo las sombras que les quieren mostrar. La genuflexión ante el Capitalismo se hace evidente en el momento en el que un sueldo de novecientos euros o un contrato basura con condiciones laborales esclavizadoras son vistos como algo de lo que tenemos que estar no sólo contentos sino también agradecidos. Y vaya que lo estamos. La creencia de que ganar una miseria es un privilegio ya está instaurada gracias a esa jugada maestra capitalista que fue la famosa crisis, algo que jamás fue lo que nos contaron. Y de esta forma, con la conciencia de clase anulada, no es raro ver a trabajadores que viven casi en la indigencia votar a partidos tan fieles al capitalismo como PP, Vox o Ciudadanos.

Y sí, desgraciadamente vivimos en un mundo capitalista. España es un país capitalista gobernado o pretendido ser gobernado por partidos capitalistas. O lo que es lo mismo, esos que dirigen este desgraciado país o los que quieren dirigirlo sienten un total desprecio por la vida humana. Porque en el momento en el que se permite –porque se permite, por mucho que digan sentirse preocupados por ello– que una (si no más) de cada cinco personas en España estén en riesgo de pobreza y exclusión social, que sea el tercer país de la criminal Unión Europea con más desigualdad o que el jodido uno por ciento de la población acapare el cuarenta por ciento de la riqueza estatal, nos damos cuenta del desprecio y la indiferencia con que esos que dicen ser representantes del pueblo tratan a la población menos privilegiada. En el fondo hacen su trabajo, que no es otro que mantener un sistema diseñado para eso precisamente, para que exista un desequilibrio sostenido siempre a favor de los estamentos capitalistas. Nada es al azar; la pobreza, la precariedad, los sangrantes impuestos, la desigualdad, todo atiende al fin último que es la explotación de la empobrecida clase trabajadora para llenar los bolsillos de esos criminales burgueses que viven ahogados en dinero.

Curiosamente, estos partidos al servicio del Capital, sobre todo los abiertamente de derechas, suelen enarbolar la bandera del patriotismo, del amor a un país y a sus tradiciones más trasnochadas e infectas. Lo contradictorio es que ese amor, esa honda preocupación llevada hasta el extremo se queda ahí, a la admiración al trozo de tierra, al cariño al Estado como ente político, a los límites dibujados en un mísero mapa en el que parece que no vivieran personas. Ahí radica la inmensa hipocresía de esas herramientas del Capital como son Pablo Casado, Albert Rivera o Santiago Abascal. Estos tres peligrosos mequetrefes son capaces de movilizar a sus catatónicos seguidores para reivindicar la unidad de España como si de ello dependieran fueran sus privilegiadas vidas. Ya lo dijo ese aprediz de vendedor de coches usados que es el líder de Ciudadanos, él no ve ni empresarios ni trabajadores, ve españoles. O lo que es lo mismo, para él, y para todos esos ultraliberaes que son como él, el pueblo no existe, menos aún la clase obrera, sólo exite la patria, una bandera que desde luego no le deja ver –porque no quiere ver– que en ese país que dice que tanto admira, esos trabajadores están pasando penurias y están siendo explotados por unos empresarios siempre al servicio de la desigualdad. Sólo ve españoles porque el sufrimiento, la pobreza, la precariedad, la marginalidad, el abandono de millones de personas no le importa lo más mínimo. La pequeñez moral y humana de aquellos que sólo ven la bandera por encima de todo sólo es comparable a su nivel de cinismo y maldad, y al total desprecio por la vida de los demás.

De esta manera es lógico ver cómo todos estos abyectos líderes desoyen las reivindicaciones y manifestaciones de quienes sufren las crueldades del sistema capitalista (sería una contradicción en sí misma que personajes como Rivera o Casado mostraran algún desacuerdo con sus propios amos). Estos crueles y peligrosos sujetos sólo asisten a manifestaciones que les atañen a los de su clase, y no es raro verlos en protestas promovidas por asociaciones ultraconservadoras, por la Guardia Civil y la Policía (Rivera es asiduo a éstas), por la pútrida Iglesia Católica, en contra del aborto, junto al denomidado “Foro de la familia” o por, cómo no, la «unidad de España». Nunca, jamás, serán vistos junto al pueblo, junto a los que sufren, junto a los que son vilipendiados por la crueldad del Sistema, junto a quienes de verdad sostienen este moribundo erial que es España. Las protestas y reivindicaciones de los pensionistas, de los sanitarios, de los educadores, de los parados, de los trabajadores, todas han sido sistemáticamente ignoradas por esos adalides de la patria, por esos cuyo país no va más allá que un trapo y un pedazo de tierra.

Esos voceros de la unidad nacional no aman a su país, porque su país no es una bandera, ni un espacio político, ni unas instituciones, menos aún un rey y una monarquía. Un país es el pueblo, los trabajadores que se dejan la vida y la salud en el tajo, quienes de verdad están al servicio de los ciudadanos, los que son explotados salvajemente por un sueldo irrisorio, los que entregan con denuedo su saber a los demás, los que luchan por conseguir una sociedad más igualitaria y justa, lo que, a fin de cuentas sustentan todo esto. Lo que de verdad rompe un país es el dolor de sus gentes, el nudo en la garganta de unos padres que ven cómo sus hijos se van al colegio sin poder desayunar, la desesperación cuando la policía llama a la puerta para ejecutar un desahucio, el trabajar y seguir siendo pobre, el hundimiento de los parados, la muerte de quien sufre el terrorismo patronal, el exilio de jóvenes en busca de oportunidades, la humillación de los explotados, los riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres, la agonía de los marginados, la incertidumbre del mañana para demasiada gente… Eso, joder, eso es lo que rompe España. Todo lo demás es un insulto y una falta de respeto a quienes sufren bajo el implacable vergajo del Capital.

Nadie que alce su voz por algo tan etéreo y falsario como una entidad nacional se va a preocupar jamás por solucionar los problemas reales que atenazan al pueblo. Por eso en esa espuria farsa que fue la manifestación del pasado diez de febrero en defensa de «la unidad de España» sólo se pudo ver a cínicos políticos y a sus dóciles rebaños soltar soflamas ultranacionalistas, pedir «mano dura» para quienes no piensan como ellos o supurar odio por todos los poros de su cuerpo. Son incapaces de ver que los problemas reales trascienden banderas y sentimientos nacionales; que el sufrimiento de los explotados, los parados, los desahuciados, los pobres o los trabajadores no se calma con ridículos manifiestos sobre el orgullo de ser español o la supuesta unidad nacional. Quien diga que ama a su país que gobierne para quienes los que padecen las crueles disposiciones del Capitalismo y no para satisfacer y perpetuar a éste. Pero para eso hay que tener conciencia, dignidad y decencia, cosas de las que no hubo ni rastro en el circo patriotero de aquel día.

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