‘Ordesa’, la vida como máxima expresión artística

cbvbHay momentos de la vida, o hechos, o circunstancias, incluso conversaciones, o miradas, que de alguna manera, y sin saber muy bien por qué, se instalan en la memoria para permanecer ahí el resto de nuestras vidas, inalterables por mucho que pase el tiempo y éste desgaste otros recuerdos, quizá más valiosos, quizá más queridos. Esto no atiende a la voluntad ni al deseo, sólo ocurre; no se es consciente en el momento ni al poco tiempo, es a largo plazo cuando lo encontramos, surge inesperadamente, sorpresivo, y nos retrotrae a ese momento que quedó impreso ya para siempre en nosotros. Uno de estos recuerdos evoca mi época de estudiante, cuando cursaba segundo o tercero del extinto BUP, más concretamente a una clase de literatura. A un profesor, para ser más exactos. No sé cuál era la clase del día, pero sí sé qué anécdota nos contó, una anécdota que para aquellas tiernas mentes adolescentes siempre tendentes al desinterés, al cachondeo y la distracción, supuso una “chifladura más del profesor de literatura”. Con el paso de los años pude comprobar que esa “chifladura” no era tal y que fue una de esas valiosas confesiones que a posteriori aprecias como se merecen. Nos contó que en una ocasión, leyendo Cien años de soledad (García Márquez, 1967), tuvo que detenerse, parar la lectura, descansar ante tan abrumadora belleza, y respirar hondo porque lo que leía le estaba exaltando los sentidos de tal manera que le era imposible continuar. Tuvo, dijo, incluso que salir a la calle a tomar algo de aire ante tal rompimiento de emociones (evidentemente no dijo exactamente esas palabras, pero más o menos; era poeta). Hoy, tanto tiempo después, he entendido en toda su dimensiónlo que sintió en aquella lectura de Cien años de soledad. Diríase que es el llamado síndrome de Stendhal. Y quien haya leído Ordesa, de Manuel Vilas, probablemente sabrá a qué me refiero.

Porque Ordesa es un milagro. Una obra que no se alinea con géneros ni etiquetas, que en su aparentemente deslavazada estructura esconde un monumento de precisas formas y finas aristas. Vilas desoye cualquier convencionalismo que pudiera encorsetar su obra para construir un libérrimo testamento vital y plantea un armazón sin forjar que deviene en una narración saltatoria que se postula necesaria para zambullirse en los laberínticos recovecos del tiempo pasado. Esa construcción a priori abstrusa subvierte cualquier género o tendencia y se convierte en literatura libre, una literatura en cuyo vuelo estético y narrativo reverberan las más prístinas ensoñaciones del arte. Porque hay en Ordesa poesía. Mucha poesía. Manuel Vilas también es poeta, e imbuye su relato en versos, versos en prosa que no hacen sino engrandecer una historia narrada desde el corazón y con el alma. Y corazón y alma son territorios de poetas.

Quizá el rasgo más admirable es su fuerza evocativa. Porque Ordesa evoca, trae a la memoria recuerdos olvidados, revive momentos, rescata sentimientos que todos hemos tenido o vivido o sufrido. En ese deslumbrante ejercicio retrospectivo –e introspectivo– de Manuel Vilas hay mucho de nosotros, todos hemos tenido un padre, y una madre, y un hogar, y un amor que vino y se fue para no volver, y un tiempo pasado del que hoy somos deudores. Sí, el pasado dice mucho de lo que somos, y nos habla, nos dice que por qué no fuimos o actuamos de mejor manera cuando era posible, que la vida es siempre una oportunidad que la muerte nos arrebata, que ésta nos prohíbe ya enmendar errores, nos imposibilita para estar más cerca de quienes quisimos y no supimos aprovechar los momentos para ello. La muerte es el punto basculante de Ordesa. Siempre está presente porque esta narración habla de sentimientos, de recuerdos, de lo que fuimos y somos, y es la muerte la que cercena todo eso; corta definitivamente los lazos, todo pasa a ser pasado irrecuperable, porque puede que nuestros padres ya no estén, o nuestros hijos, y todo queda congelado en el tiempo, ya inmutable, ya sin arreglo posible y sin ocasión de revivirlos.

Quizá el tesoro más preciado de cualquier persona son sus recuerdos. La memoria de lo vivido o sentido o sufrido se convierte en la horma de lo que hoy somos, porque somos un constructo del pasado. Y Manuel Vilas consigue el milagro de relatarlo en palabras, y que ese relato trascienda más allá de su propia experiencia y se convierta en acicate para nuestra propia retrospección. Ordesa es un tratado sobre las exequias del tiempo. Toda mirada atrás de Manuel Vilas constata que el tiempo nos convierte en sustitutos, que todo lo que fue deja paso a lo que es y ésto a lo que será, que el tiempo es implacable y sólo somos figuras pasajeras, unas tristes actores que toman el testigo de sus padres y a la vez lo pasan a sus hijos (en el caso de que éstos existan). Y siempre la muerte como verdugo ejecutor de esta máxima. Morimos y desaparecemos, nuestro acervo vital se disipa, se destruye, nuestros recuerdos, nuestro pensamiento, nuestra cultura, nuestros conocimientos, nuestros trabajos, todo se va con nosotros. Quizá quede algo en lo que legamos, porque todos, de alguna manera legamos algo, unos hijos sobre todo, pero quizá también quedemos en la memoria de alguien, no mucho tiempo, puede que una o dos generaciones, pero al final seremos olvido, a menos que el arte nos sobreviva, a menos que escribamos una obra como Ordesa, una oda a la memoria que perdurará durante años, décadas o siglos. Como Cervantes y su Quijote, o como Proust y su tiempo perdido. Ése es el gran milagro del arte –y de Ordesa–, que pervive en el tiempo, que vence a la muerte y talla su inmarcesible belleza en la memoria del tiempo.

Esa belleza de Ordesa emana de su descarnada emotividad; no es hermosa por transmitir felicidad o alegría, es hermosa por su desbocada apostura emocional. Consigue conturbar, atenazar los sentidos con su percutante mirada a lo que se fue y ya nos es inalcanzable; a aquello que fuimos, y lo que fueron los que nos precedieron; porque horada en todo lo que nos hizo vivir, que nos conformó como somos; holla en lo que todos guardamos y anhelamos. Manuel Vilas ha conseguido erigir una obra superlativa, inolvidable, abrumadora, epatante. Ha esculpido un excepcional ejercicio de complicidad con el lector que ha pasado a ser parte de la memoria de muchas personas, de esa memoria que de vez en cuando nos recordará las bellísimas páginas de este libro. Quizá hasta que nos lleve la muerte.

 

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: