‘Coco’, vivir en el recuerdo

cccLa retentiva humana no es una cualidad muy extendida, y si lo es normalmente es para lo malo, para no olvidar aquello nos daña u ofende o nos causa perjuicio, por muy pequeño o irrisorio que sea. Es curioso cómo permea en nuestra memoria antes lo malo que lo bueno, lo positivo que lo negativo, el daño que el beneficio. Uno puede ser la más bella persona del mundo y hacer todo el bien imaginable que si alguna vez falla, daña o yerra, será eso lo que sepulte puede que años de buen hacer, bondad, cariño o amor y pase a ser tomado como lo que no es, sólo por un error, por un arrebato o un instante de inconsciencia. Nos juzgan por nuestros errores, así de sencillo. Pero dejando esto un poco de lado, la impronta que dejamos en nuestro paso por la vida es, como todo, pasajera, efímera, se muestra evanescente cuando morimos, cuando dejamos de ser nosotros y pasamos a ser sólo recuerdos de quienes nos acompañaron, nos amaron o nos odiaron. Vivir en el recuerdo como legado de lo que fuimos, hicimos y amamos.

Y esta premisa es la que toma Pixar para dar forma a Coco (2017) una de sus más brillantes e inolvidables películas, y esto es mucho decir en una carrera repleta de grandísimas obras de arte. No es algo puntual, no se debe olvidar que tiene en su haber una de las mejores trilogías jamás filmadas como es Toy Story (1995, 1999, 2010) o inolvidables obras maestras como son Wall-e (2008), Up (2009) o Inside Out (2015), que atestiguan la pasión y el amor por el cine de Pixar y que la sitúan en ese olimpo de la animación en el que brillan con luz propia Disney (el gran Disney, el de la época de Aladdin, La bella y la bestia o El rey león) y Ghibli, referente absoluto de la animación tradicional y hacedor de coruscantes e intemporales historias como La tumba de las luciérnagas (1988), Mi vecino Totoro (1988), El viaje de Chihiro (2001), Ponyo en el acantilado (2008) o El cuento de la princesa Kaguya (2016).

Coco se atreve a ir más allá de todo lo visto anteriormente en Pixar y nos propone un fastuoso y fascinante viaje al mundo de los muertos, pero no a uno como, por ejemplo, imaginara Dante en su Comedia, sino uno lleno de color, luz e incluso alegría, que toma el folclore y el imaginario mexicano para atipar de simpatía y complacencia esa otra vida que tan lúgubre y tenebrosa nos han contado un sinfín de obras artísticas. Siendo una película de animación, y por tanto también dirigida a un público infantil o juvenil, el enfoque debe ser jovial e incluso divertido, dejando en un plano subyacente la seriedad y lo terrible de la muerte para que sean los adultos los encargados de indagar en ella. A través de la mirada de un niño (la niñez siempre como poseedora de la prístina visión del mundo) y de sus más irrefrenables deseos, Pixar nos va a conturbar con una historia que orada tanto en la luz como en la oscuridad del alma humana, y enfrenta la ambición despojada de codicia de un niño a la de alguien que hace de ésta una desmesurada forma de vida, y pone de manifiesto cómo los delirios de grandeza y de poder pueden crear monstruos, en contraposición al límpido anhelo de pasión capaz de brotar de lo más profundo de un alma pura.

Pero el centro de acreción de esta hermosa película lo conforma nuestra propia trascendencia, el recuerdo de quienes murieron y cómo somos los que aquí nos quedamos los encargados de que no mueran del todo, porque si alguien te olvida, dejas de existir un poco más, hasta que todo aquel que conservaba una pequeña llama de lo que fuiste olvide o muera, momento en el que nos extinguiremos en la delicuescente memoria de los tiempos. La senectud de nuestro recuerdo resulta inevitable, estamos vivos setenta u ochenta años, conocemos, convivimos, amamos, olvidamos, todo durante un periodo relativamente corto, quizá tengamos descendencia o familiares o amigos que nos recuerden, que nos prolonguen tras nuestra muerte, pero esto no es para siempre. Quizá sepan de nosotros tres o cuatro generaciones a lo sumo para luego no ser nada, para morir para siempre porque sencillamente nadie sabrá de nuestra existencia, ni siquiera aquellos que están ahí gracias a nosotros como ascendientes. Nadie sabe ya de sus bisabuelos, menos aún de sus tatarabuelos, es como si no hubieran existido pese a que aquí estamos nosotros gracias a ellos. Coco hace el milagro de hacernos, si no recordar, al menos pensar en aquellos que no están pero estuvieron, de esos tantos que nos precedieron y nosotros hemos sustituido, que hubo quienes decidieron nuestra existencia y ahora no son ni siquiera recuerdo, que lo fueron en la memoria de sus hijos y nietos pero no más allá, que pasaron a la muerte definitiva en el momento en que se perdieron en el tiempo.

Coco consigue conformar una película con múltiples aristas pero que no da pie a fisuras, aúna una profunda hondura artística, estética y narrativa con un delicioso lirismo sustentado en una desenfrenada visión de la muerte y sus consecuencias bajo lo cual palpita un sentimiento de tristeza y melancolía. Porque desde una perspectiva aparentemente optimista acomete con enorme precisión temas tan dispares pero tan propios de la condición humana como el perdón, la envidia, el rencor, la esperanza o los recuerdos. Pixar se vale del cine como catalizador de sensaciones y consigue construir una película que se presenta como un monumento a los sentimientos (ya hizo algo similar con Inside Out pero desde otro prima bien diferente) y a la finita impronta que dejamos tras nuestra muerte. La tradición mexicana del Día de muertos sirve como inmejorable escenario para confeccionar una dramaturgia que tiene la nada fácil tarea de conjugar una apariencia colorista y desenfadada con una segunda capa mucho más seria y reflexiva. Sobra decir que lo consigue con creces.

Todo en Coco, en sus detalles, en sus diálogos, en su música, en su mensaje, mira hacia ese final que consigue compungirnos hasta la lágrima, cuando el protagonista, Miguel, se encuentra con Coco. La puesta en escena dibuja un maravilloso lienzo en el que los sentimentos se desatan en un momento en el que el ánimo se resquebraja y el corazón se encoje para hilvanar un instante inolvidable en el que la tristeza y la alegría, el olvido y el recuerdo, se dan la mano en un contundente golpe emocional que sacude y epata por su enorme carga emotiva. Arte en su estado más puro y hermoso.

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