Machismo: una meditación

plkEl machismo, junto a otras vesánicas y viles formas de pensamiento como el racismo, la xenofobia, la homofobia o el fascismo –éste no deja de ser al fin y al cabo una grotesca manifestación de la deformación del pensamiento– supone la exposición sin tapujos de la propia inferioridad personal y la constatación palmaria de hasta qué grado de insignificancia puede llegar la mente de alguien. En efecto, colocar a otros en un plano inferior por su género, color de piel, raza u orientación sexual supone la demostración de la propia inferioridad, es intentar proyectar en otra persona las carencias reprimidas de uno mismo y convertir a la víctima en depositaria y diana de todos esos complejos e inseguridades escondidas en lo más profundo de un ser básico, simplón, malvado, insignificante, inane, y sin aspiraciones a una posible cura.

Ejemplo de esto, y por desgracia está a la orden del día, son esos detritus machistas que insultan, agreden, humillan y matan a sus parejas. Tipos que en su propia violencia manifiestan sus carencias como seres humanos. Todo aquello que odian de sí mismos lo proyectan sobre quienes tienen cerca y que en su pobre imaginación ven como débiles. Son hombres pusilánimes, minúsculos, hundidos por sus propios demonios que no son más que oscuras manifestaciones de sus fracasos, de su desidia, de su claudicación como personas, de su entrega a las perversiones más deletéreas. Sus parejas o hijos o seres cercanos se convierten en la cruel liberación de todo eso; en vez de buscar consuelo, apoyo, complicidad, cariño, amor, buscan un desahogo violento, extático, adrenalínico, que los enaltezca frente a su propia pequeñez. Su insignificancia e irrelevancia fuera de su ámbito familiar en su mente se tornan en gallardía cuando tiene delante a sus víctimas, en un empoderamiento de lo que de puertas hacia afuera es un minúsculo hombrecillo.

Pero el machismo no es sólo esto, va mucho más allá; también trasciende la violencia doméstica, física o psicológica, para permear en el tejido social sin que nos demos ni cuenta. Desafortunadamente forma parte de nuestra desgraciada Historia, de la propia evolución del ser humano como animal social, y ha sido alentado y propiciado en todas las épocas sobre todo por las religiones (verdaderas organizaciones de odio y maldad), que han colocado a la mujer siempre en un lugar residual en la sociedad. Lógico es que después de miles de años de opacidad, ostracismo y represión, lleguemos a día de hoy con un machismo casi normalizado, institucionalizado –nuestra retrógrada y desigualitaria Constitución es el vivo ejemplo–, que forma parte del día a día de toda sociedad. Hoy, y es esto es descorazonador a la vez que aberrante, incluso se sigue oyendo aquello de “es que todas son putas”, constatando todo lo que aún queda de camino, todo el titánico trabajo que queda para cambiar una mentalidad instalada en el primitivismo más absoluto (luego, cuando estos individuos están ya creciditos y con pareja o familia, todos ellos abjuran de sus afirmaciones, aseguran no haber pronunciado jamás tales palabras, incluso airadamente y con la indignación por bandera. Curioso).

La visión del machista es muy limitada, algo así como un burro con orejeras; siempre va a ver a la mujer desde un imaginario plano superior, desde la perspectiva que la sociedad le ha impregnado en su corta mentalidad, incluso la va a ver como un mero objeto de deseo, y cuando digo objeto lo digo literalmente. La llamada gestación subrogada, por ejemplo, evidencia esta percepción de la mujer como “cosa a utilizar” para los jodidos caprichos de quienes quieren tener hijos y por un motivo u otro no pueden. En este caso la mujer se convierte en un mero instrumento (¡un instrumento, joder!) para la satisfacción de unos descerebrados con mucho dinero carentes del más mínimo respeto por la dignidad de la mujer. Antes los ricos les robaban los hijos a los pobres, hoy se los compran aprovechándose de su desesperación y dolor. No es de extrañar que tal aberración sea apoyada por partidos tan machistas y ultras como Ciudadanos y toda la morralla derechista de este degenerado país.

La prostitución es otro síntoma –o signo– de esta lacra. La normalización social de esta práctica resulta escandalosa, cuando no indignante. “Irse de putas” es lo más normal del mundo –y cada vez más entre jóvenes–. Es más, si jamás has contribuido a esta cruel pero admitida forma de violencia machista te miran como si fueras un bicho raro o te etiquetan de vaya usted a saber qué. Para el putero la mujer deja de ser un ser humano para convertirse en un juguete, un entretenimiento que le ayudará a satisfacer su deseo más primitivo, el sexual, y para toda persona primitiva, como es el caso del putero, el deseo sexual es el primordial, el único, tal es su bajeza humana. La prostitución supone uno de los pilares primigenios del machismo, lo ha fortalecido y normalizado, está ahí desde hace siglos, jamás ha sido criminalizada ni estigmatizada como se merece, oculta todo el dolor, la humillación y el sufrimiento al que se ven sometidas millones de mujeres, en silencio, sin ayuda. Una ayuda que ni siquiera desde las instituciones han recibido ni van a recibir, todo lo contrario, muchos políticos hacen uso habitual de estas prácticas, incluso con el dinero del pueblo frecuentan prostíbulos o “alquilan volquetes de putas”, tal es su grado de cinismo. Luego hablan de feminismo, dicen buscar la igualdad o hacen el ridículo utilizando el género femenino para el neutro cuando hablan, haciendo creer a los más crédulos que les interesa que la mujer ocupe el lugar que le corresponde. Todo falsedad, para no perder la costumbre.

Para alcanzar la igualdad social hace falta educación, mucha, pero no se hace cambiando al escribir una “o” por una “a”, una “x”, una @ o una “e”, ni haciendo ridículas batukadas por las calles, menos aún buscando romper el tan manido espejo de cristal o un empoderamiento (qué feo palabro) que coloque a las mujeres en altos cargos (esto es lo que quiere el Capital, explotar a los trabajadores ya sea por medio de un hombre o una mujer, le da igual), debe hacerse desde todos los frentes, mucho desde los educativos pero fundamentalmente desde lucha obrera; hay que implementar una conciencia de clase global en la que hombres y mujeres luchen por sus intereses comunes, equiparando géneros en uno solo cuyo único fin sea combatir la opresión del Poder hacia todos, porque ese machismo emana de la desigualdad normalizada por una sociedad plegada a la costumbre y a lo impuesto desde hace siglos. Desde luego aquellos que regentan el poder no van a mover un dedo por la consecución de la igualdad, todo lo contrario, tras su supuesto compromiso con el feminismo de cara a la galería anida un sentimiento casi irrefrenable de machismo (cuántos puteros se ocultan tras esas máscaras atipadas de hipocresía) indisoluble de su condición de explotadores capitalistas. Es por ello que la lucha debe comenzar por los de siempre, por el pueblo, por quienes han cambiado lo establecido mediante su denuedo y su actitud combativa, por los que verdaderamente desean la igualdad no sólo entre mujeres y hombres sino entre todos aquellos que sufren la opresión de un Sistema cuyo único fin es el de desangrar a quienes realmente sostienen todo este tinglado. Hoy en día el feminismo impostado es el que prima, el feminismo de pose, el publicitario, el que coloca el foco en lo irrelevante (este escrito sin ir más lejos, si fuera muy leído, sin duda recibiría furibundos ataques por parte del profuso feminismo de carpeta), el que yerra el tiro cuando apunta a triviales e inexistentes micromachismos –otra horrorosa palabra de la vulgar neolengua que nos asola, como si hubiera categorías de machismo–. El machismo no desaparece porque políticos ridículos les pongan falda a los muñecos de los semáforos, o porque perviertan el lenguaje con forzosos vericuetos gramaticales, o porque un grupo de hombres en una comparecencia se refieran a sí mismos en femenino, todo eso es al fin y al cabo, aparte de inútiles y ridículas acciones, la estrategia de quienes son sólo unos impostores a la caza de votos. A la mujer se la visiviliza poniéndola en valor como parte fundamental de la sociedad, no postulándola como una explotadora al servicio de la patronal o de grandes empresas o a través de pseudoiconos feministas que sólo atienden a intereses personales; debemos establecer una lucha conjunta entre hombres y mujeres para cambiar un Sistema que indudablemente está cimentado en unos preceptos machistas afianzados desde hace siglos, un Sistema que normaliza atentados a la dignidad de la mujer cuando permite o legaliza la prostitución, cuando contempla el cuerpo femenino como un simple instrumento de laboratorio al servicio de las clases altas, cuando busca utilizarlas para explotar a la clase obrera, cuando legisla para minusvalorar el trabajo de tantas mujeres que sufren y son explotadas en el tajo igual que los hombres, y todo ello emana de una sociedad construida sobre los pilares de la desigualdad –es decir, del capital–, una desigualdad que empieza entre géneros y acaba entre clases, debido a lo cual la lucha es necesaria desde quienes nos vemos en esos frentes que aglutinan todos un mismo colectivo, que desde luego no son ni los ridículos e hipócritas políticos, ni los iconos mediáticos, ni movimientos que tienen más que ver con la propaganda o el aplauso fácil que con el feminismo. En última instancia, como siempre, es, y debería ser, una lucha de clases.

Todas esas acciones supuestamente subversivas contra el machismo por parte de oportunistas, activistas, famosillas y demás impostores e impostoras mediáticas conforma un feminismo mal entendido y fútil porque no va al problema desde su raíz. Un machista va a seguir minusvalorando a la mujer por mucho que escuche a políticos flowerpower pervirtiendo el lenguaje o vea a una tipa como jefa de una gran empresa explotando a sus trabajadores. La meta de la igualdad empieza por una educación global desde el ámbito familiar y escolar y acaba en la lucha contra la desigualdad laboral que este criminal sistema capitalista y machista nos ha impuesto. Son muchos frentes por los que el machismo se instaura en el pensamiento colectivo y no es fácil atajarlos, menos aún cuando quienes están al frente de todo esto supuran machismo por todos sus poros. Aún queda camino por recorrer. Mucho, por desgracia.

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