El síndrome Faroni

drtfCuando Luis Landero publicó su primera novela, Juegos de la edad tardía (1989), dudo que se imaginara la sorprendente presciencia que supondría aquel fabuloso ejercicio de imaginación y narrativa. Fue esta una obra que le supondría a su autor un reconocimiento inusitado para un escritor novel, pero muy merecido porque en ella consigue plasmar con milimétrica precisión de qué manera funciona la mente humana para hacer que nos sintamos aceptados por los demás, para ocultar nuestros defectos y frustraciones y mostrar una apariencia que quizá diste mucho de lo que realmente somos. El ser humano siempre ha buscado ser aceptado por el resto, la integración, se ha adaptado a las demandas impuestas, ha claudicado a lo falsario en pos de conseguir éxito, complacencia o admiración, y Juegos de la edad tardía acierta a mostrar cómo esa búsqueda de lo soñado y no conseguido se puede convertir en una grotesca deformación de uno mismo.

Landero inventa a un personaje, Gregorio, paradigmático, fracasado en sus aspiraciones y de vida monótona, vacua y anodina, sin más posibilidad de alcanzar sus metas más allá de su imaginación, que ha visto cómo todo su mundo se reduce a ver los días pasar, entre su intrascendente vida en pareja y un trabajo insatisfactorio –como la mayoría– y aburrido. Pero cuando conoce a otro trabajador, Gil, de su misma empresa, a través del teléfono, se produce en él un cambio, una liberación que lo llevará a inventarse un nuevo Gregorio, que se mostrará a Gil como alguien exitoso, como un gran poeta de relevancia mundial, en un juego de apariencias y engaños que sin embargo le insuflará a su vida la sensación de consecución de todos sus anhelos y ensoñaciones. De esta forma Gregorio crea para Gil a Faroni, su alter ego poseedor de todo aquello que él no es, proyecta en él sus aspiraciones inalcanzables, sus objetivos que quedaron en un limbo perdido ya en la memoria, la persona que quería ver en el espejo, un ejercicio de impostura que le lleva a sentirse bien, asaltado por las dudas a veces pero reconfortado de que alguien, aunque sea una persona con la que sólo se comunica con él por teléfono, lo admire y casi le rinda pleitesía. Porque Gil toma a Faroni como un modelo a seguir, lo admira con incontenible devoción, con una fidelidad casi enfermiza, quizá buscando en el imaginado poeta algo que él no es, y aquí Landero, en un ejercicio admirable de prestidigitación narrativa, hace un sublime juego de dobles personalidades, porque se puede apreciar en Gil, persona minúscula y pusilánime, una clara imagen especular del propio Gregorio, en sus fracasos pero también en sus anhelos, e intenta mutar también en otro Faroni, que en su caso será Dacio. La novela es sorprendente en su narrativa, en su apostura estética y en su decidida y valiente dramaturgia intrínseca, y se aprecia una audacia inusitada para ser la primera de un autor hoy imprescindible que alcanzaría la excelencia con esa obra maestra llamada Absolución (2012).

Luis Landero nos expone con extraordinaria precisión cómo el ser humano siempre busca aparentar para encajar, mostrar esa parte de sí mismo que demanda su entorno o sus aspiraciones frustradas, plasmar cómo nos adaptamaos a lo preestablecido para, en primer lugar ser acogidos con entusiasmo por los demás y en segundo sentirnos bien con nosotros mismos. Decía al principio que esta novela es un ejercicio de presciencia sorprendente, y es que a día de hoy, con las redes sociales y la hipercomunicación en la que estamos sumergidos, adquiere una dimensión todavía más precisa porque hemos creado una sociedad global de avatares, de Faronis que ofrencen una imagen aparente totalmente contraria o distorsionada de la real. Siempre se ha impuesto la impostura a lo auténtico, lo creado a lo natural, lo falso a lo verdadero, difícil es encontrar a alguien que se muestre tal y como es, muchas personas no son más que constructos formados por sus propios anhelos, crean una imagen dirigida a quienes quieren conquistar o seducir o simplemente caer bien o que las acepten, es lo normal, lo común, lo profuso; es el síndrome Faroni la creación de nuestro alter ego, ese otro yo que despojamos de nuestros fallos, de nuestras imperfecciones, el que adornamos o maquillamos para mostrarlo atractivo o interesante o exitoso. Miramos a nuestro alrededor y sólo vemos máscaras, impostores, seres creados para la galería, asistimos a una pasarela en la que posan las imágenes que otros ven en el espejo de sí mismos, vemos lo que quieren que veamos quizá por temor a no ser aceptados o reconocidos, a que no nos den un trabajo o a que esa chica o ese chico no se enamore de nuestra verdadera persona.

Muchos son los Faronis con los que nos cruzamos cada día, la mayoría. Es desalentador saber que sólo vemos creaciones, ocultaciones tras fachadas minuciosamente creadas, poco podemos fiarnos de quienes nos cruzamos por la calle o conocemos o admiramos o incluso tenemos como amigos o pareja. Esa búsqueda de integración, de aceptación, hace, por ejemplo, que los jóvenes se vistan, se peinen, se tatúen o hablen todos igual, que admiren a estúpidos youtubers o influencers (o los imiten, que es peor), que no lean porque eso no les va a reportar nada en su círculo más cercano; o que en una entrevista de trabajo nos disfracemos –incluso literalmente– para ser elegidos, ni siquiera en un aspecto tan básico de nuestras vidas como es el empleo podemos ser nosotros mismos, debemos contestar como quieren que contestemos, hablar como quieren que hablemos, vestirnos como quieren que nos vistamos e incluso pensar como quieren que pensemos, de lo contrario, si somos sinceros, si no nos vestimos como fantoches o no contestamos lo maravillosa que es esa empresa de mierda, seremos eliminados, apartados, rechazados. Las personas de más éxito son los Faronis más aventajados porque han sabido adaptarse, crearse a sí mismos en las líneas que demanda este mundo falso e hipócrita. Hoy, como siempre, no es lo somos, es lo que aparentamos ser. Eso de “ser tú mismo” es una fantasía, un error, a casi nadie, desgraciadamente, le gusta la gente honesta, sincera, transparente, la que no enmascara sus defectos, sus fracasos o sus inseguridades. Las personas valiosas, esas que realmente merecen la pena y que son condenadas al ostracismo o a la indiferencia o al anonimato, son muy pocas, pero creo que son las que salvan este mundo, son las que, al tener la fortuna de conocerlas, sepultan toda esa ponzoñosa falsedad e hipocresía del resto, son las que deben ser realmente admirados y ensalzados y merecedoras de toda admiración, respeto, devoción o incluso, por qué no, amor. Yo creo que las hay, pero qué pocas hay.

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