Banderas, sumisión y silencio

ddddNo es nada sorpresivo a estas alturas asistir a espectáculos mediáticos y sociales en los que se pone de manifiesto la absoluta vulgaridad de pensamiento y el denodado esfuerzo del ser humano de hundir sus pies en la pestilente fosa de la esclavitud de su propia voluntad, cuando se deslumbra y enorgullece con el brillo de sus propias cadenas, cuando sus ataduras se convierten en su única razón y forma de vivir. Quizá esta tendencia a anclar su raciocinio y enjaular su propia razón a ideales o percepciones del todo perniciosas o esclavizadoras le viene desde sus propios orígenes como especie siempre tendente a someter a la vez que ser sometida, y que pone en duda si realmente la inteligencia es un atributo biológico beneficioso para ella misma; quizá la evolución natural aquí erró estrepitosamente.

La indignación colectiva –tan habitual hoy en día como su propia delicuescencia– respecto a las supuestas ofensas a la bandera de España por parte del humorista Dani Mateo no ha hecho sino poner de relieve la total entrega de la voluntad ciudadana a un trozo de retal que simboliza un Estado absolutamente esperpéntico a la vez que criminal con sus propios ciudadanos –no con todos, claro, en un país capitalista la opresión se ejerce siempre sobre la clase trabajadora; realmente éste es el fin último, la explotación total y absoluta de la misma por parte de los sanguinarios sin escrúpulos que ostentan las altas esferas del Capital–. Hay que sumar a esta descerebrada genuflexión a tan feo símbolo patrio el exiguo margen al que ha quedado relegada la libertad de expresión, perseguida incluso desde el Poder Judicial a través de una ley que también amordaza a esa Constitución –valedora de la desigualdad desde su misma concepción– de la que los mismos inquisidores se sienten tan orgullosos. Normalmente todos esos que se envuelven en banderas y símbolos patrios son personas de derechas, adoradores de todo aquello que simbolice la pestilente raigambre hispana y que no dejan pasar la ocasión de ataviarse con todo tipo de complementos que muestren su pleitesía a su venerada patria, de la que se sienten orgullosos, como no podía ser de otra manera (ese sinsentido de sentir orgullo por algo tan intangible y abstracto como un país, un trozo de tierra, unas líneas en un mapa).

Un pueblo tan indolente como el español, tan orgulloso de su indefectible sumisión, no va a verse ofendido ni mucho menos agredido por los continuos atentados de los que es víctima por parte de su Estado, de su patria, de su jodida bandera. La clase trabajadora, la que realmente sostiene este país de paletos sin conciencia, parece que ha perdido la capacidad de ver quiénes son sus verdaderos enemigos, se encuentra en un estado de dormancia, ha hecho de la abulia su seña de identidad y ha capitulado de todo aquello que le es inherente a su propia condición. No toda, afortunadamente, pero el grueso, que es lo que hace la fuerza, se haya catatónica y rendida a los pies de quienes le han establecido su escala de prioridades. Por ejemplo, la bandera. La gente actúa por inercia, nada a favor de la corriente que le imponen, y personas que viven casi en la indigencia se ven indignadas porque un bufón televisivo ha osado limpiarse los mocos en un trapo de colores. O, lo que es incluso peor, se ven luchando (a veces literalmente) por una vacua causa impuesta por unos jetas muy listos cuyo último problema es el bienestar de su propio pueblo, como ocurre en el caso de Cataluña. Realmente todo se reduce a lo mismo, a, como ya he repetido en incontables ocasiones, crear el contexto y por supuesto hacer que el pueblo focalice su indignación y su capacidad de protesta en temas vacuos que desde luego no le va a reportar beneficio alguno.

Y sorprendentemente funciona. Los tsunamis de indignados por la bandera, por la patria, por la ruptura de España, por los inmigrantes “que nos van a invadir” y demás banalidades fascistoides son diarios. No hay más que escuchar a la gente hablando por la calle o en las redes sociales para darse cuenta del nivel de embelesamiento con el que ha sido inoculada. Las preocupaciones de gente que no tiene ni para pagar su jodida casa o la luz no es esto o quiénes son los criminales que lo han dispuesto todo para que él o ella y su familia vivan en la más cruel miseria, sino que lo que realmente les preocupa o importa o desvela es que alguien haya ofendido a su bandera, que su comunidad sea o no un país o que lleguen a nuestras costas personas huyendo del hambre o la muerte. Hemos llegado a un nivel tal de sumisión y docilidad respecto a lo realmente nos atañe que nada queda del espíritu combativo y reivindicativo que las clases trabajadoras deberían tener. Desgraciadamente a esto ha contribuido de manera decisiva la irrupción de formaciones políticas que, con la vitola de “izquierdistas”, han usurpado la lucha obrera y la han anulado casi por completo, conformando un tejido social amaestrado y silente, algo diametralmente opuesto a lo que el espíritu del pueblo debiera ser. Sólo ha quedado, para nuestra desgracia, sumisión y silencio.

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