‘Bloodborne’ y la insignificancia del ser humano

kjlkLa humanidad, ya desde que era una balbuciente especie pensante, siempre ha intentado entender qué hay más allá de lo comprensible, qué se oculta tras el velo de lo aparente, tras lo que ven sus ojos como algo lejano, incomprensible e ignoto, y para ello ha fantaseado con mitos, leyendas y seres imaginarios en forma de dioses cuya propia grandeza los hace inaccesibles pero a la vez regidores de todo aquello que nos rodea o atañe o atisbamos pero cuya explicación nos es huidiza. El desarrollo humano como especie animal inteligente ha pivotado sobre las creencias en seres y planos superiores, actuando éstos como centro de acreción de su propia evolución y la ha dotado de una identidad sustentada en la certeza de que por encima de todo aquello que le rodea se halla una realidad suprahumana y divina hacedora de la que vivimos y que se convertirá en la que viviremos tras nuestra muerte. El espíritu curioso del ser humano y su búsqueda continua de respuestas a aquello que no las tiene o no conoce o se le escapa ha llevado a todas las civilizaciones habidas y por haber a ficcionar la realidad y a dotarla de mecanismos y resortes cuya génesis se encuentra en el plan maestro de deidades supremas.

Pero el ser humano se muestra ante sus propias fabulaciones, a la vez que sumiso, desafiante, codicioso, con ansia de poder –esto es inherente a su propia condición–, lo que le ha llevado a intentar, de un modo u otro, alcanzar o al menos acercarse a ese plano en el que habitan los dioses, ya sea a través del rezo, la pleitesía, el martirio o la sumisión, todo con tal de estrechar el abismo que lo separa de dios –qué decepción para muchos cuando el primer astronauta, el soviético Yuri Gagarin allá por 1961, salió al espacio y constató que allí no había ningún dios–. En el mito cristiano tenemos un claro ejemplo de ese intento constante de acercarse a su dios, con resultados nefastos, como no podía ser de otra manera. Con la Torre de Babel el cristianismo crea una leyenda que instaura la creencia de que el ser humano tiene su sitio aquí en la tierra y cualquier intento de alcanzar o compararse con su creador no es más que una utopía cuyo sólo pensamiento puede acarrear terribles consecuencias. Efectivamente, el dios del Antiguo Testamento castigó –como no podía ser de otra manera en una entidad tan vengativa y cruel como esta– a aquellos que pretendían alcanzar el cielo haciendo que cada uno hablara un idioma distinto para así no poder construir esa torre que los llevaría a las inmediaciones divinas –es curioso, como ya he dicho, lo proclive que es el dios judeocristiano al castigo, cuando no al asesinato, al exterminio o al genocidio–. Desde las propias Escrituras hay conciencia de ese afán de trascender lo humano para abrazar lo divino, lo grande, de llegar más allá de nuestra limitada y finita existencia, y conminan a todos sus creyentes a recluirse en su condición de simple e insignificante ser humano y huir de cualquier pretensión más allá de ello.

El videojuego Bloodborne (From Software, Hidetaka Miyazaki, 2015), del que ya hablé hace algún tiempo, se zambuye decididamente en esta eterna pretensión humana y transita por terrenos poco horadados en este joven arte. Tras su aparentemente inextricable y críptico argumento subyace una trama que indaga en las aspiraciones más ocultas de la condición humana y apunta hacia esa aspiración, a la trascendencia y al engrandecimiento tanto espiritual como filosófico. Uno de los puntales de los que se vale esta extraordinaria e inigualable obra maestra es mostrar al ser humano como algo insignificante –realmente lo somos, pese a nuestra arrogante creencia de lo contrario– y colocarlo ante una realidad muy superior regida por seres divinos llamados Grandes. Es al descubrir a estos seres y algunas muestras de la sangre de los mismos cuando un grupo de eruditos de la ciudad de Yharnam decide emprender la locura de convertirse en esos Grandes o al menos alcanzarlos, de comprenderlos y ascender a su condición divina. Esa desmesurada y exacerbada ambición los llevará a su propia destrucción junto a Yharnam y todos sus habitantes. Miyazaki –ese audaz y pasional genio contemporáneo– propone un interesante ejercicio filosófico y metafísico que nos lleva a plantearnos nuestra existencia en un plano inferior y un más allá paralelo que nos es vedado por la limitación de nuestro propio entendimiento, nos muestra la incapacidad intelectual y sensorial del ser humano para comprender y acceder al conocimiento de esos Grandes –podría esto extrapolarse a nuestra limitadísima comprensión del Universo y los resortes que lo rigen–. La analogía es clara, miremos al cielo e intentemos comprender qué hay más allá de lo que conocemos, cuáles son los confines del cosmos o qué había antes del Big Bang y fuera de la inmensa masa que originó el mismo. Nuestro entendimiento es limitado, es humano, no tiene capacidad para alcanzar tales confines de razonamiento. Necesitamos conocimiento, necesitamos lucidez. Y esta lucidez también se buscó en Yharnam, unos “ojos” que orientasen el conocimiento hacia los Grandes. Conforme el o la protagonista va consiguiendo lucidez (representada en el juego por un ojo…) va viendo a su alrededor a esos seres cósmicos, esos dioses, esos Grandes que siempre han estado ahí pero que no llegaba a ver o a comprender, se vuelven visibles a sus ojos.

Es aquí cuando la insignificancia del ser humano se hace patente y las inmensas limitaciones del mismo se ponen de manifiesto. Esos seres siempre han estado ahí, observando, influyendo e incluso utilizando a los humanos en su propio beneficio (embarazando a las mujeres para su propia reproducción, por ejemplo) pero no se tenía la capacidad de ver. La certeza de la existencia de un estatus superior al humano también saca a la luz la ambición de poder y el deletéreo sentimiento de saltarse cualquier norma natural establecida. Y aquel grupo de eruditos que encontraron la “sangre milagrosa” no cejó en su empeño de esa ascensión o en su defecto de crear uno de esos Grandes. En ese blasfemo acto de creación se aspira igualmente a establecer una equivalencia con esos dioses, pero el resultado no es el esperado, e igual que imaginara Mary Shelley en su magistral novela lo conseguido distaba mucho de una creación perfecta. Esa eterna aspiración a ser dios o al menos a igualarlo o acercársele, esa ambición que siempre ha corrido paralela a la evolución de una especie incapaz de tomar conciencia de sus propios límites ha estado siempre en el imaginario humano.

Pero pese a todas esas ínfulas de grandeza y delirios de gloria y poder, la especie humana no deja de ser una infinitesimal mota de polvo ante la inmensidad del cosmos, es consciente de todo aquello que se le escapa, de todas esas verdades arcanas que se les muestran inalcanzables por sus inevitables limitaciones perceptivas y sensoriales. Bloodborne consigue plasmar ese ciclópeo vacío con una ficción muy bien armada que dibuja un plano existencial superior de inspiraciones lovecraftianas, y al que, cómo no, unos cuantos inconscientes van intentar acceder o trascender.  Todo deriva de la ignorancia o falta de conocimiento o entendimiento y de la posterior tarea de llegar a equipararse a lo divino. La historia del ser humano es la historia de una quimera, la de alcanzar cotas superiores de existencia o al menos acercarse, elevando torres hasta el cielo, erigiendo enormes catedrales cuyas cúpulas tocaran la inmensidad, creando becerros de oro o mesías nacidos de los mismísimos dioses –o lo que es lo mismo, la búsqueda constante de poder, de más poder–. Bloodborne coloca en Yharnam una serie de dioses todos muy distintos entre ellos, algunos incorpóreos –igual que el dios del mito cristiano–, otros que parecen sacados de un relato de Jules Verne e incluso otros inspirados en el terror cósmico de Lovecraft. Da lo mismo, sea uno u otro los eruditos de la sangre intentan alcanzarlos, adquirir conocimiento y elevarse a esa suprarrealidad. Pero la historia de Bloodborne es la historia del fracaso constante, la historia de las terribles consecuencias de unos actos para cuya finalidad no se está preparado o capacitado. Continuamente devuelve a la humanidad a su lugar, a su nicho de insignificancia del que nunca debió haber salido. Esto Miyazaki lo consigue con sobrecogedora precisión. Jugar a un juego como Bloodborne es asistir al fracaso, a nuestra condición de ser minúsculo e irrelevante con unas ansias de poder que nos vienen grandes, y tras cada información que nos dan los personajes o los objetos somos testigos de la defenestración humana a cambio de poder. Y no sólo en Yharnam, el eterno fracaso es cíclico, como ocurrió tiempo atrás con otras civilizaciones del juego como la tumeria, y el jugador asiste a una parte de ese ciclo, como es habitual en los magistrales juegos de Miyazaki.

Bloodborne es una obra maestra incontestable no sólo por su excepcional narrativa, su diseño de niveles, su pulsión emocional, su respeto por el jugador al que jamás toma por idiota (al contrario que la mayoría de videojuegos actuales), sus inolvidables jefes, su bellísima factura estética o su hermosísima música, lo es, sobre todo, por lo que consigue en su conjunto. Aúna todas estas virtudes –¿qué juego puede hacer esto con mejor resultado que aquí?– para conseguir conformar un universo –una experiencia– que nos conmina a reflexionar sobre lo que somos, a pensar en esta pretenciosa pero irrisoria especie cuya ambición y sobre todo ignorancia la llevan al abismo, un abismo que desde luego no es el infierno que nos cuentan las religiones, es mucho peor.

 

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