Pablo Casado, idiotez y vacuidad con poder

Cada época tiene algo que la caracteriza, algo por lo que ser recordada u olvidada, por influir decididamente en épocas venideras o por ser sólo un infausto recuerdo; son unos rasgos distintivos o una serie de tendencias o acontencimientos, ya sea en el pensamiento, en la política, en el arte, en la tecnología, en lo humano… y todo ello hace de una era, un tiempo, algo digno de estudio y de ser conocido, porque nos permite saber el porqué de lo que vivimos o sufrimos en nuestro tiempo, pese a que el acervo de conocimiento que nos llega, el que nos enseñan o aprendemos, normalmente está manipulado por la mayoría de los historiadores, siempre tendentes a maquillar, distorsionar o tergiversar la Historia según sus intereses e ideales o según les dicten los poderosos de turno. Poco podemos confiar en lo que nos cuentan de lo acontecido por esta manipulación continua –los no sé cuántos muertos del comunismo…–, pero el hoy es nuestro momento, el que vivimos y legaremos, y ello nos da la oportunidad de conocerlo, saber de él en primera persona y, si somos medianamente críticos, no nos vamos a dejar manipular por lo que nos van a contar quienes tienen intereses en crear una realidad a su antojo –desgraciadamente la tónica general es esta, la mayoría de la población cree sin cuestionarse nada, por lo que vive en el mundo que otros quieren que viva, en una realidad sólo aparente–. Y viendo cuáles son los rasgos identitarios de estos desgraciados tiempos poco margen queda para el entusiasmo, puesto que esta época, la mal llamada era del conocimiento, poco tiene para pasar a la posteridad como un periodo próspero y de progreso humano, intelectual o artístico, más bien todo lo contrario. A poco que miremos a nuestro alrededor vamos a encontrar vacuidad, cinismo, idiotez, banalidad, simpleza… o lo que es lo mismo, el abismo.

Resulta desolador ver de qué manera se ha instalado a nivel global la estupidez humana. Sociedades cada vez más manipuladas, catatónicas frente a una pantalla, despojadas de cualquier espíritu crítico, de iniciativa, de personalidad. Jóvenes cuyos modelos a seguir son los youtubers, tuitstars o influencers más idiotas que podamos imaginar que se dedican a hacer el payaso frente a una cámara o tras una cuenta de twitter para goce y disfrute de millones de seguidores igual o más estúpidos que ellos. O las incomprensibles audiencias de aberraciones televisivas como Gran Hermano, programas basura de cotilleo o esos de fantoches, fantochas y viceversa, dibujan un panorama atenazante, preocupante ante la profusión de cabezas huecas que favorecen todos estos engendros mediáticos. Pero lo más grave es que este nuevo modelo de ser humano, de sociedad anulada y muy bien dispuesta en el redil, tiene reflejo en lo que, desgraciadamente, nos afecta a todos: la política.

Así es, estamos viendo cómo a nivel mundial la extrema derecha, el fascismo, está despertando –nunca se fue–, y se está encarnando en líderes que a su evidente extremismo, odio y ambición unen un poso de idiotez que los hace aún más peligrosos. Trump podría ser el paradigma, un tipo que aúna casi en igual grado una evidente radicalidad ideológica con un infantilismo incurable y una supina estupidez. El tipo es un tonto con mucho poder, y eso lo hace especialmente inestable y por tanto peligroso. Igual ocurre en Italia con el tal Salvini, o en Brasil con Bolsonaro, ambos comparten ideologías fascistoides o abiertamente fascistas –curioso, o no tanto, que los mass media no utilicen jamás esta palabra– con unos acuciantes rasgos de personas simplonas, básicas, estúpidas. Y en España, para no ser menos, ahora ha aparecido un sujeto que igualmente aglutina todas esas características de estos peligrosos extremistas que he descrito, aunque quizá se muestre más cauto y precavido a la hora de explayar su verdadero ideario. Se trata del flamante nuevo presidente del Partido Popular, Pablo Casado.

Este detestable personajillo ya traía una muy reveladora carta de presentación de su época como cabecilla de las Nuevas Generaciones del PP, cuando en una ocasión insultó, despreció e incluso se burló de las víctimas y represaliados de la Guerra Civil, nada que debiera sorprendernos en un militante de tan añejo y franquista partido. El caso es que el tipo ha llegado a la presidencia del PP con un espíritu, más que renovador, rescatador. Rescatador de los principios del aznarismo más granítico y de la radicalidad más descarnada que en cierta manera se había perdido en la época de Mariano Rajoy. Claramente es una suerte de epígono de Aznar, su delfín, su reencarnación política, pero es una copia a todas luces fallida. Porque Aznar era, y que no se entienda esto como un elogio hacia alguien partícipe de la muerte de miles de personas, un tipo inteligente, listo, avispado, cosa que Casado no es ni de lejos, más bien todo lo contrario. Sus continuas apelaciones a Venezuela, a la supuesta ruptura de España, a los golpes de estado, etcétera no hecen sino poner de manifiesto unas carencias argumentativas y políticas alarmantes. Y es que el hombrecillo, en su simpleza, no da para mucho más.

Se aprecian claramente en Casado rasgos de persona simple, básica, sin nada más allá de lo que aparenta, sin fondo, sin inteligencia, sin una base intelectual sobre la que erigir su discurso o sus ideas. No hay más que ver su figura, sus gestos, su apostura de ser humano vacuo y sin interés. A día de hoy, y siendo presidente del PP, todavía parece el típico pijo universitario novato que el primer día de facultad va a apuntarse a la tuna para alcanzar popularidad, o de los que ya saben que tienen la carrera en el bolsillo porque papá o vaya usted a saber quién ha movido los hilos para que alguien tan mediocre como él obtenga su título –como está ya comprobado en el caso de su máster–. Esa faz de querubín mal hecho, esos ojos pequeños y sin rastro de expresividad, sin mirada, ese constante y ramplón arqueo de cejas que dibuja la nada en su cara, esa media sonrisa sempiterna cargada de cinismo… Todo en el físico de Pablo Casado denota oquedad, es el reflejo de un interior carente de inteligencia y fondo pero rebosante de malicia, de extremismo, atipado de ideas radicales, populistas y antediluvianas peligrosamente cercanas a la extrema derecha.

El perfil de este sujeto se ajusta a estos tiempos de idiocia colectiva, unos tiempos que poco a poco se están rindiendo a líderes demenciales, que consiguen aunar en una misma figura el extremismo más visceral –con inconfundibles reverberaciones de los fascismos del siglo XX– con la estupidez y la simpleza más vulgares. El mundo vuelve a caminar hacia el abismo, la Historia siempre se repite, y parece que no hemos aprendido nada o hemos olvidado demasiado deprisa. El mal tiene muchas formas, pero es el fascismo su versión más cruel, criminal y antihumana. Y parece que ya está aquí.

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2 comentarios

  1. […] no vivieran personas. Ahí radica la inmensa hipocresía de esas herramientas del Capital como son Pablo Casado, Albert Rivera o Santiago Abascal. Estos tres peligrosos mequetrefes son capaces de movilizar a sus […]

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  2. […] Y si hablamos de mediocridad, como punta de lanza de esta generación de monigotes, ahí tenemos a Pablo Casado, la simpleza hecha persona; un hombrecillo ínfimo, patético e inane, un tipo irrisorio, sin moral […]

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