Gregarismo social

Piotr JabłonskiEl gregarismo en ecología atiende a las relaciones que se dan dentro de la misma especie en las que los individuos de una población se asocian para obtener un beneficio que les favorece a todos, es decir, se trata de una colaboración intraespecífica cuyos resultados son positivos para todos los componentes de la misma población. Se da en infinidad de especies animales y es una de las relaciones más importantes para los ecosistemas terrestres y acuáticos. Pero en el ser humano el concepto se desvirtúa, se aparta de lo meramente biológico para hacerse más antrópico y sólo por ello ya no es todo lo positivo que debería, porque sí, somos animales gregarios, pero no en el término arriba expuesto, sino en uno mucho más perjudicial y tóxico, como todo lo que nos atañe –hace tiempo que nos desvinculamos de nuestra condición de ser biológico–. Y es que las leyes de la naturaleza siempre saltan por los aires cuando se trata del ser humano, no hay más que ver cómo la selección natural, motor de la evolución, revierte sus propios principios del éxito de los más valiosos y adaptados para pasar a ser una selección de los más mediocres y cínicos (aunque puede que esto sea debido a que para adaptarte a este mundo tienes que ser necesariamente un mediocre o un cínico, viendo quiénes son los que alcanzan el éxito).

Según el Diccionario de la Lengua Española una de las acepciones de gregario, la referida al ser humano, dice que se refiere a una persona que, junto a otras, sigue ciegamente las ideas o iniciativas ajenas. Aquí ya sí se puede apreciar una fidelidad más acorde a las poblaciones humanas que el concepto ecológico; las relaciones comunitarias atienden a una posible pirámide en la que opiniones de unos pocos son asimiladas en cascada y amplificadas por el pensamiento de muchos, más cuanta menos capacidad crítica y de pensamiento propios se tenga (rasgo característico de esta época de vacío intelectual y cultural). Es por ello que nuestra Historia, es decir, lo que nos han contado, está sustentada en los pilares de la mentira, la desinformación y la manipulación; atiende a intereses de personas que ostentan las altas esferas del mundo sabedoras de la extrema facilidad para someter el pensamiento común. Esto hasta ahora podía ser más o menos entendible respecto a un contexto que sólo nos construían mediante los medios de comunicación del Capital y los libros de Historia al servicio de determinados intereses, pero hoy, en la era de Internet en la que cualquiera puede acceder a un conocimiento veraz y fidedigno resulta hasta grotesco. Cuando el común de las personas pueden llegar sin límite a la verdad y a la realidad que las rodea, ocurre todo lo contrario, se pliegan aún más al pensamiento común, a aceptar sin ninguna oposición o crítica lo que les cuentan o les dicen o les pretenden hacer creer. El ser gregario se deja llevar, se rinde sin remisión a lo establecido, a lo impuesto, a lo que le cuentan, a lo que ve o escucha del resto de gregarios conformando una red muy perniciosa de pensamiento único que se retroalimenta indefinidamente. Hoy es difícil –no imposible– encontrar a alguien que no se deje arrastrar, que posea un pensamiento propio y crítico creado a partir de sus convicciones, experiencias e inquietudes, que vuele libre sobre lo comúnmente establecido y no se pliegue a las tendencias o modas o imposiciones; son hallazgos que raramente existen en esta época regida por la mediocridad universal. Qué pocas personas consiguen desligarse y ofrecer una prístina personalidad alejada de lo normal. Quizá sean pocas porque no se valoran como merecen.

Esta era digital, de las comunicaciones, de la globalización, ha supuesto, al contrario de lo podría esperarse, una expansión universal de lo peor del ser humano. Las redes sociales han supuesto un escaparate idóneo para la profusión de la estupidez y la vileza en su grado máximo y un caldo de cultivo inmejorable para alimentar cabezas huecas incapaces de pensar por sí mimas. Esta globalización digital ha sido igualmente muy hábilmente utilizada para sumir, más aún, en la ignorancia más absoluta al ser humano. Porque el gregarismo nos es inherente y en sociedades cada vez más idiotizadas resulta una excelente oportunidad para la manipulación y el sometimiento. No es de extrañar que en Twitter, por ejemplo, existan cuentas de personajillos y personajillas dedicadas a ensalzar y glorificar a determinados sujetos, normalmente de la política. Esas tuitstars crean tendencia, tienen una legión de seguidores que rendirán tributo a la causa, como los fanáticos de Podemos y su mesías Pablo Iglesias, que son capaces de convertir su victimismo en el tema del momento. O casos bochornosos como el de hace poco, en el que con la etiqueta #GraciasRonaldo se agradecía a un deleznable multimillonario que haya estado nueve años en España engrosando su cuenta corriente y defraudando a Hacienda –para este tipo de codiciosos individuos lo de menos es el fútbol o su equipo o sus fans, besan el escudo del club que más les pague hasta que venga otro que les llene aún más su bolsillo–.

Y es que lo que realmente es tendencia en esta época es la estupidez y la idiocia, la admiración por lo mediocre, por lo deleznable, por el tipo más abyecto del lugar o el más cantamañanas. El gragarismo hará que el rebaño siga en el redil; el río arrastrará a los peces a favor de la corriente y aquel que nade en su contra sencillamente será eliminado, ignorado o sepultado en el olvido. Quizá por ello quedan tan pocas personas valiosas; quizá por ello, encontrar a alguien realemente excepcional, es el gran milagro de nuestro tiempo.

 

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