‘Frankenstein’, trémula soledad

frn«¡Despiadado creador! Me has dado sentimientos y pasiones, pero me has abandonado al desprecio y al asco de la humanidad»

Hay autores o autoras, como el caso que traemos a colación, cuya inquietud y mentalidad destemplada, de una manera contundente y palmaria, consiguen crear una historia —bajo forma de novela, cuento, narración o incluso poesía— cuyo inóculo es el más certero epítome de su visión del mundo, de sus fantasías y anhelos, de sus temores y terrores, y alcanzan, en su creación pero también en su legado, la trascendencia para ser considerados verdaderos adalides del pensamiento y la inventiva, pero también del arte. Porque, ¿qué es la literatura si no la extracción y transmutación en palabras —en la palabra escrita— de la desnudez más íntima del escritor o escritora, que se opone a una realidad imperfecta puede que carente de toda belleza y luminosidad?

Mary Shelley, a una edad insultantemente joven, consiguió, con su única obra verdaderamente trascendente, elevar a un tono decididamente trágico, que golpea al lector irremisiblemente, lo que ella creía un terror que por aquellas primeras décadas del siglo XIX (probablemente el más brillante novelísticamente hablando) estaba en ciernes: devolver vida a un organismo ya muerto mediante procesos eléctricos. La joven Shelley imaginó este horror (¿o milagro?), y la invadió un profundo miedo al ver, en su imaginación, caminar entre los vivos a un cuerpo que ya no era de este mundo, que pertenecía a una realidad separada de la vida por esa etérea pero definitiva e infranqueable barrera que es la muerte.

Por casi todos es conocida la historia de la creación de la novela Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), en aquella especie de apuesta con su amigo Lord Byron, su marido y otro conocido para ver quién escribía el relato más aterrador. Y la jovencísima Mary decidió tomar como base dramática aquel terror casi sobrenatural que se imaginó en su búsqueda de una historia que hiciera estremecerse a aquel grupo que se sentaba junto al fuego a contar viejas historias escabrosas. Ese eje que vertebró la novela de aquella joven era a priori sencillo, pero de una fuerza y audacia arrebatadoras y poseída un alma oscura que situaba al ser humano frente al divino poder de crear vida, en esta eterna lucha que no es más que un combate consigo mismo. Una creación de un científico con ínfulas de dios —o de titán, si nos acercamos al mito de Prometeo, como reza el título— que vio cómo su sueño se convertía en la más terrorífica de sus pesadillas, tras aquel en principio apotropaico experimento.

Pero Frankenstein no es sólo el tan manido y poco preciso término que siempre se le ha atribuido, aquel del “juego a ser Dios”; es, pese a que los analistas de la obra no reparan casi nunca en ello —sólo se detienen en la “emulación divina” del doctor—, un viaje por el tormento de la soledad. Porque es ésta, la soledad infinita que invade al “monstruo”, la que hace que su yo más humano se revele, y le implore a su creador un alma compañera que no lo rechace en su monstruosidad. Son sentimientos que lo llevan a atormentar y torturar al doctor Frankenstein, como él está atormentado, de acabar con todo aquello que ama si no pone fin a la locura de su solitaria existencia. Es esta la arista principal del relato de Shelley —un verdadero milagro literario—, y parte indisoluble de la orquestación con la que la novela cuenta, sustentada en un profundo análisis acerca de las infinitas aspiraciones humanas a transgredir los límites naturales establecidos, incluso los de la vida.

Es a través de la soledad como Shelley acerca al monstruo a lo humano, lo despoja de su envoltura grotesca y lo dota de sentimiento, de ansias de felicidad, de compañía, perfilando un dibujo de una criatura más emocional que criminal. La soledad puede convertirse en fuente de un tormento difícil de soportar, atenaza el alma, genera miedos, incertidumbre, desasosiego, tristeza, y el ser humano es frágil, no sabe lidiar con la adversidad de verse solo en un mundo que impone sus propias reglas. A lo largo de toda la novela el lector asistirá al sufrimiento y la tortura que tiene que soportar el doctor Frankestein a causa de su propia creación pero igualmente a la pena, a la tristeza de ésta por no tener alguien a su lado igual que él, que busca, como todos buscamos, supongo, alguien que nos escuche, que no acoja, que nos guíe y nos dé consejo, o cobijo, o refugio, que nos tienda una mano o nos preste su oído, que nos dé fuerzas o nos levante en la caída.

Y es que la soledad, la eterna soledad, entristece hasta a los monstruos.

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Un comentario

  1. […] con esos dioses, pero el resultado no es el esperado, e igual que imaginara Mary Shelley en su magistral novela lo conseguido distaba mucho de una creación perfecta. Esa eterna aspiración a ser dios o al menos […]

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