‘Sin destino’, tocando el horror

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Sin destino, Ed. Acantilado

La enorme recurrencia en la literatura de un tema que está tan dentro de la memoria histórica colectiva como es el Holocausto puede resultar disuasoria a la hora de interesarse por una novela que, a priori, vuelve a incidir en aquella barbarie en la que cualquier rastro de humanidad que pudiera quedarle a esta criminal especie quedó borrado para siempre. El siglo XX fue quizá el periodo más cruel y sangriento de toda nuestra Historia, y eso con todos los precedentes de atrocidades, genocidios y crímenes pone de manifiesto que el ser humano siempre puede llegar aún más lejos en maldad y vileza. Dos guerras mundiales, criminales dictaduras, el ascenso del fascismo, la utilización de armas nucleares contra población civil o la instauración definitiva del Capitalismo fueron sólo algunos de los hechos inenarrables de los que aún hoy sufrimos las consecuencias.

La literatura, como todo arte, no es ajena a la realidad y se ha comprometido en multitud de ocasiones con todo aquello, muchas son las obras que han versado sobre los acontecimientos que conformaron el mundo tal y como lo conocemos hoy, especialmente con la Segunda Guerra Mundial y el exterminio sistemático y calculado de millones de personas a manos del nazismo (un genocidio sólo superado por el que se llevó a cabo en tierras indígenas en la mal llamada ‘Conquista de América’). Gracias a la literatura sabemos mucho de lo ocurrió allí, de los horrores que vivieron las víctimas, del infierno tan terrible que se instaló en el mismo corazón de Europa y de lo poco que aprendimos de todo aquello.

Sin destino (1975) es una novela con tintes autobiográficos de Imre Kertész que nos adentra sin miramientos en el horror, en el día a día en aquellos campos de concentración y exterminio y en las dramáticas condiciones en que los pocos que vivían lo hacían pese a ser mejor la muerte que la propia vida. No es una novela al uso que narre las atrocidades que allí se dieron lugar de una forma tan descarnada y hasta dolorosa como lo hacen otras como la estremecedora e imprescindible La benévolas (Jonathan Littell, 2006 ) sino que lo hace desde un prisma más personal e íntimo, desde los ojos inocentes de un joven de quince años prisionero en varios campos de concentración. Kertész modela un relato que huye de concesiones y transita por caminos de difícil asimilación para el lector. De una manera progresiva veremos cómo la vida (por llamarlo de alguna manera) de los prisioneros de los campos se iba difuminando, cómo la propia existencia se tornaba en un tormento sin final, cómo se iba tomando conciencia poco a poco de la realidad que les fue impuesta y cómo la esperanza únicamente descansaba en una muerte liberadora.

No se trata de un libro expositivo que nos ponga cara a cara con las terribles formas de asesinar del nazismo sino que nos acerca más la inenarrable tortura en la que se convertía cada día de aquellos que eran forzados a trabajar en los campos, nos pone frente a las infernales condiciones a las que se sometían a los presos mediante un acercamiento al deterioro progresivo que sufrían tanto física como psicológicamente. El frío, el hambre, la sed, las heridas, el agotamiento, todo ello es puesto de relieve con un realismo que duele, porque este libro duele y mucho. Asistir a los recuerdos de libertad, a la destrucción mental y corporal de un joven antes vigoroso y feliz, al abandono de toda pretensión de seguir viviendo, todo ello se convierte en un sufrimiento atroz que pocas veces nos planteamos cuando pensamos en el Holocausto. Cosas en apariencia insignificantes como los zapatos de los presos se convertían en una verdadera tortura, al ser de madera y provocando heridas tales que llegaba un punto en el que era imposible separarlos del pie. Asistir a todo lo que allí se vivió hace que nuestros problemas, nuestros “inmensos” problemas, parezcan insignificantes, minúsculos y sin importancia porque no somos conscientes de lo que es de verdad sufrir, luchar por llegar vivo al final del día, sentir el hambre y la sed cada hora, cada minuto de nuestra existencia, soportar la enfermedad, la separación forzosa de todo aquello que amas, saber que los que fueron parte de tu vida pasaron por la cámara de gas y el crematorio. Todo ello nos lo pone Kertész frente a nuestros ojos de una forma tan aterradora como magistral. Por eso este es un libro tan necesario.

Sin destino es un relato que abruma, incomoda, duele,  nos acerca al dolor más profundo de cada preso, de cada persona, de cada vida arrebatada por la crueldad en su más pura esencia; nos muestra lo que tantas víctimas sufrieron día tras día, despojadas de libertad, dignidad y hasta de humanidad, nos enfrenta a nuestro pasado, a lo que sucedió en la misma Europa hace no mucho tiempo y sobre todo nos recuerda por qué no debemos olvidar, por qué todo aquel horror tiene que estar presente en la memoria colectiva y jamás entenderlo como algo lejano o ficticio o irrepetible.

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