La “nueva política”: un cascarón vacío

fddrPocos recordarán hoy la consecuencia más inmediata de aquel movimiento que se produjo en España hace unos años, el idealizado 15M. Aquel mayo del año 2011 se produjeron multitudinarias manifestaciones “espontáneas” en miles de plazas del país, enarbolando consignas contra el sistema y la clase política que nos había llevado a la ruina económica. No tardaron en erigirse como cabecillas de aquellas protestas gente ávida de protagonismo y con cierta verborrea intelectualoide, alzándose como portavoces de un movimiento supuestamente no jerarquizado. Allá se oían gritos de hartazgo, de rabia, de indignación con una clase política opresora que había destruido la clase trabajadora española en aras de una nueva redistribución de la riqueza (que en eso consistía en el fondo la mal llamada “crisis”); todo muy bonito e ideal, aparentemente necesario por cómo iba España por aquel entonces —no tan mal como ahora— y que inevitablemente despertó ilusión y esperanza en mucha gente. Pero tras ese fulgor inicial —sólo un parpadeo— la cosa empezó a oler mal, comenzaban a proliferar portavoces de apabullante pero vacía labia, listillos infames como tantos he conocido en mi vida, esos compañeros de instituto o facultad que no perdían ocasión hacerse los líderes aunque fueran una nulidad personal e intelectualmente. Los típicos oportunistas que saben muy bien moverse para copar siempre los puestos de atención, los de inacabable palique, los que se creen más graciosos que nadie aunque no tengan ni puta gracia, ese tipo de ralea empezó a copar la voz del 15M y no tardaron en vestir al movimiento de una impostada asepsia ideológica. Lemas que rezaban que no eran ni de izquierdas ni de derechas, que eran apolíticos, de no sé qué de arriba y abajo; en fin, una ristra de memeces que automáticamente desvirtualizaban y desacreditaban cualquier aspiración que pudieran tener. Incluso echaron casi a patadas al por aquel entonces coordinador general de Izquierda Unida, Cayo Lara, aduciendo que allí no cabían políticos de ninguna clase (curioso que todos aquellos voceros ahora están en política de una u otra manera).

Pues bien, la primera consecuencia de todo aquello, como decía, no fue revertir una situación insostenible —hoy vemos que no sólo no ha sido así sino que la cosa ha ido a peor—, fue otorgar al Partido Popular, a la derecha, un poder inimaginable. Porque aquel movimiento “popular e improvisado” se produjo, casualidades de la vida, poco antes de unas elecciones municipales y autonómicas en nuestro país. ¿Qué ocurrió entonces? Que el mensaje de desideologización de esa turba de libertadores caló hondo, lo de ni de derechas ni de izquierdas se instaló en el colectivo y, como es lógico, la derecha aprovechó la desbandada de los “indignados” para arrasar en aquellas elecciones, lo que dio al PP una mayoría abrumadora en todos los territorios y que aún hoy perdura, por mucho que nos quieran pintar otra realidad esa gente “del cambio”. El 15M no tenía ideología, nos decían, cuando no se puede combatir un sistema tan poderoso como el capitalista desde la inanición ideológica; sólo desde la oposición frontal se puede destruir el demonio del capitalismo, no con medias tintas ni con ambigüedades ni con corazones ni haciendo movimientos ridículos con las manos.

Y claro, de aquellos barros estos lodos. Todos esos autoproclamados líderes del 15M, los listillos, los graciosillos, los que matan por llamar la atención, fueron adquiriendo protagonismo en determinados medios con el mismo mensaje que gritaban en las calles. Y ahí tenemos el resultado: Podemos. Así, hoy tenemos las calles vacías, porque esas mentes aburguesadas dicen que las cosas sólo se pueden cambiar desde las instituciones (abominando de todas las luchas de las clases obreras y de izquierdas y del propio mensaje primordial de aquel 15M), cosa que secundan, y esto es lo más grave, toda esa legión de acólitos y apóstoles adocenados que les siguen. Igual que la desideologización que han conseguido imprimir en el votante de izquierdas —entre los que creían serlo, claro, no en todos—, y que han asumido ya como realidad que en estos tiempos ya no hay ni izquierda ni derecha. Eso es lo que ha conseguido esa gente, destruir el tejido social ideológico de la izquierda. Incluso han logrado canibalizar y engullir al único partido que podía hacer una oposición real al sistema criminal en el que vivimos. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que una formación cuyos líderes afirmaban ser comunistas, luego ni de un lado ni de otro, luego socialdemócratas, y luego a saber qué, no tiene otro objetivo que aniquilar la resistencia de la clase obrera y trabajadora inculcando un modelo de pensamiento basado en la ambigüedad, la indefinición y sobre todo en la mansedumbre. A día de hoy, pese a todos sus cuentos y ridículas puestas en escena, la derecha sigue gobernando y así seguirá siendo durante muchos años. Desde luego, desde aquellas elecciones de 2011, los del “cambio” han cumplido todos sus objetivos que no eran otros que aniquilar a la izquierda e instalar al Partido Popular en el poder por muchos, muchísimos años.

Iglesias, Errejón, Espinar, Monedero, Zapata, Bescansa, Maestre… seguro que todos hemos conocido gente así, los listillos de la clase, los charlatanes, los que llamaban la atención por encima de todos, los líderes a los que seguían los idiotas para intentar ser populares como ellos, los que sabían manejar a sus seguidores con sólo mirarlos. Gente así hoy, ya de adultos, tienen un partido político y siguen actuando exactamente igual y convenciendo con la misma facilidad. Y es que en borreguismo pocos países pueden hacernos sombra. Así nos va.

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