El cambio que no fue tal

bbrsNunca he querido hacer caso a los cantos de sirenas. Normalmente cuando algo o alguien irrumpe fulgurantemente en la vida individual o colectiva suele quedarse en eso, en un fulgor inicial que poco a poco o abruptamente acabará atenuándose hasta llegar a desaparecer consumido por la implacable realidad. Una amistad, un amor (si es que eso existe), un proyecto, una ilusión, un personaje mediático, casi todo acaba cayendo con el tiempo en el olvido y sólo lo verdaderamente valioso o sincero o excepcional conseguirá trascender para convertirse en eterno. Por eso ante el advenimiento de algo que entusiasma de forma desmedida, ya sea en lo personal o en lo colectivo, es mejor quedarse atado al mástil para no sucumbir y acabar cegado por esas sirenas que de vez en cuando colman y deleitan nuestros oídos con dulces e hipnóticos pero también falsos cantos. Resumiendo, es mejor no ilusionarse absolutamente con nada ni con nadie porque los años y la experiencia suelen hacer muy bien su trabajo y ya nos deberían haber enseñado que las ilusiones son sólo eso, efímeros espejismos.

Algo así me pasó con la meteórica y explosiva aparición de Podemos en el panorama político español, partido impulsado especialmente por medios de comunicación como La Sexta o Público y la atracción que producía en la gente la casualización de la política y su vertiente del espectáculo, tendente a convertirse en lamentable epígono de Sálvame y sucedáneos. Por aquel entonces la formación del líder supremo Pablo Iglesias se presentó a las elecciones europeas con un programa demencial e irrealizable (esto dicho por la propia formación, ojo) y pese a ello, como no podía ser de otro modo en este país, consiguió unos resultados sorprendentes que lo colocaron como el gran partido alternativo al bipartidismo (por respaldo popular, no por propuestas realistas, claro). Ahí es cuando el mástil al que aludía antes hubiera sido de gran ayuda. Pero la gente, lógicamente, quería cambio, real o irreal pero un cambio, y se dejaron seducir por la verborrea incontenible de unos trileros muy habilidosos. Y un partido nuevo, que daba espectáculo —bochornoso, por cierto— en las insoportables tertulias televisivas y que prometía algo diferente a las políticas derechistas de los dos partidos mayoritarios era lo que la masa iba buscando. Y da igual que Pablo Iglesias fuera —es— arrogante, vanidoso, petulante, chulo y prepotente, vivimos en la era del espectáculo y él, cual Belén Esteban, lo da, quizá precisamente por ser así (por cierto, resulta alarmante lo extremadamente reaccionarios que son los votantes de este partido ante cualquier crítica, quizá sean los más furibundos y radicales en este sentido). Admitámoslo, en política no cabe otra cosa que los flautistas de Hamelin que además sepan dar a la masa lo que demanda, esto es, mentiras disfrazadas de esperanza, promesas de cuentos de hadas o hacer el gilipollas en televisión, y aquí caben todos esos políticos dispuestos ha hacer el ridículo por un puñado de votos. Lo que está meridianamente claro es que si no sales en los mass media o no te invitan a los debates de los partidos que otros quieren impulsar por sus propios intereses no te vota ni dios, tal es el grado de narcosis colectiva.

Ciudadanos recorrió un camino diferente a Podemos pero con similares resultados. Al partido de Rivera lo impulsaron las élites económicas ante la caída del PP y el ascenso de Podemos, y así convirtieron un partido rancio que coqueteaba con la extrema derecha, que incluso se negaba a condenar el franquismo, en la alternativa de derechas para todos aquellos desencantados con el partido de Fraga y para los inocentes que se han tragado eso de que son un partido de centro. La diferencia con Podemos también estriba en las formas. Mientras que el mesías Pablo Iglesias apuesta por una escenificación más chabacana y macarra (quizá por eso es el líder peor valorado sólo superado por Rajoy), Albert Rivera ha optado por la mesura y la contención. Y esto indudablemente le va a dar muchos más réditos electorales en el futuro porque sus terribles ideas neoliberales emanadas del poder financiero van a verse relegadas a un segundo plano gracias una imagen impoluta y pulcra apoyada en unos modales exquisitos que sin duda va a conseguir la simpatía de muchos votantes. Porque, desgraciadamente, la mayoría de la gente no sabe lo que es Ciudadanos, y lo ven como un partido nuevo (que no lo es), con unas ideas nuevas (que no lo son), de centro (!) y con un líder que, y esto sí que hay que admitirlo, es el único que mantiene las formas ante el fango asqueroso que proponen los otros tres partidos mediáticos.

Por esto auguro un importante descenso de Podemos en las más que probables cercanas elecciones generales. Pablo Iglesias y sus legiones se han instalado en las malas formas, en una postura que roza el esperpento y que muy probablemente haya enterrado en cal viva sus opciones de llegar a algo grande (me resulta muy llamativo y significativo cómo este partido ha borrado por completo de su vocabulario la palabra “izquierda”, cosa que debería hacer replantearse las cosas a mucha gente, pese a que han conseguido que muchos se unan ciegamente a ese pensamiento tramposo y estúpido de que ya no hay ni izquierda ni derecha). Porque es cierto que la gente está harta de lo que ha tenido hasta ahora en este desgraciado país, pero no creo —espero— que su deseo de cambio descanse en políticas de cuentos de hadas lideradas por políticos maleducados, chulos, arrogantes y prepotentes (y que encima, para más inri, tienen imitadores en sus propias filas, como Irene Montero es vergonzante, que parece un burdo clon de Iglesias; fíjense la próxima vez que la vean). El electorado, creo, ha percibido un espíritu más conciliador y contenido en Albert Rivera y muchos van a confiar su voto a una formación que a través de su líder ha apostado por la mesura y el diálogo, independientemente de las terribles ideas que vertebran su programa. En estos meses sin gobierno el líder de Ciudadanos ha demostrado ser de largo el más listo de los cuatro (según los medios) que aspiran a gobernar España, ha sabido como ninguno transmitir confianza porque se ha desmarcado del tono agresivo y hasta vulgar de sus competidores. Rivera y los suyos saben como nadie que dan igual las ideas o las propuestas, que la gente se deja llevar por lo que ve en la tele o lee en su periódico favorito (qué país…). Por lo tanto, por esa repugnante actitud de Pablo Iglesias, Ciudadanos va a conseguir el espaldarazo definitivo para poder formar gobierno con el PP, que sin duda es lo que se iba buscando desde su impulso por las canallescas élites económicas neoliberales y España volverá a ser gobernada por la derecha más criminal (¿acaso alguna vez ha dejado de estarlo?) para seguir hundiendo al pueblo con sus demenciales políticas, tal y como hemos sufrido durante décadas. Ojalá me equivoque.

El cambio, desde luego, no era esto.

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Un comentario

  1. […] Sálvame, el fútbol, Gran Hermano, tertulias políticas de pésimo nivel de las que salen nuevos y tramposos partidos, todo está orientado a sumirnos en la idiocia, a instalarnos en un estado catatónico de narcosis […]

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