Me entristece la vida…

…quizá porque no llego a entenderla, porque todo es un sinsentido que está patas arriba y sin solución posible, porque es ilógica, aberrante, cruel, despiadada; escapa a la razón como agua entre las manos, transita errante en un mundo desgraciado y miserable que se encarga cada día de demostrarnos que aquí no hay arreglo, que ya ha pasado mucho tiempo, siglos, milenios, y no sólo no hemos enmendado el camino sino que nos hemos alejado de él de forma irremisible y sin retorno posible, porque el mal es inmenso, omnímodo, inmensurable, interminable para millones de seres humanos que pagan la codicia de otros tantos millones, como si esta cancerígena humanidad fuera una balanza en absoluto desequilibrio, como dos vasos comunicantes en los que para que uno suba otro tiene que bajar y siempre sea al mismo el que nutre al otro, sin culpa ni remordimiento porque el dinero es el único dios ante el que rendir cuentas y da igual si miles de niños mueren cada día por las bombas que fabrican en esa parte del mundo elegida y afortunada, si tantos padres lloran cada minuto el sufrimiento inimaginable de sus hijos o los hijos el de sus padres; esas víctimas son sólo el “pequeño” precio que cuesta la riqueza para los que se han erigido dueños de todo, esos que en sus cuentas corrientes hay los mismos dólares o euros que el número de muertos en la miseria y que el mundo los recompensa con el lujo y la opulencia, porque aquí la maldad es el primordio para prosperar, y si no fuera así todo esto no sería un inmenso infierno en el que millones de seres humanos son condenados al sufrimiento, y eso es así porque no hay justicia, la vida no es justa con los justos, con los bondadosos, con los honestos, con los que se preocupan por los demás como de sí mismos, con los que quieren luchar por un mundo exento de injusticias y en el que la igualdad se convierta en el leitmotiv de una civilización necesitada de hombres y mujeres capaces de entender que nadie debería estar por encima de nadie, que todos nacemos iguales y que podemos conseguir un equilibrio que nos permita erradicar todos los males que padecemos en cada rincón del planeta; pero parece que no nos damos cuenta y esos salvadores anónimos o no tanto suelen ser relegados, apartados, porque son una molestia para los poderosos y vemos cómo todo aquel que quiere luchar por el bien común, por la igualdad, por la concordia, por el advenimiento de un mundo más justo será condenado, no sólo por el venenoso Sistema, sino también por la propia sociedad, ávida de líderes agitadores y falsos mesías, de prestidigitadores de verborrea fácil y engañabobos; y quizá sea esa la explicación a tanto desatino, vemos continuamente cómo medran los peores, los malos, los embaucadores, los listillos… porque, no nos engañemos, el mundo reclama a los mejor adaptados y esta sociedad demencial y no pensante demanda lo ponzoñoso, lo deleznable, lo falso, lo fraudulento, lo vil, y el que no sea así será ignorado u olvidado o enterrado.
Por eso me duele la vida, porque no es justa, no da lo merecido, no eleva a quien lo merece sino al que hará de ella algo un poco más injusto y doloroso.

Sí, la vida, esta vida, me entristece.

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