‘Nuestra Señora de París’, el romanticismo de Victor Hugo

notre dame

“No mires la cara, / muchacha, mira el corazón. / El corazón de un hermoso joven es a veces deforme. / Hay corazones en que el amor no dura. / Muchacha, el pino no es hermoso, / no es hermoso como el álamo, / pero conserva el follaje en invierno. / ¡Ay! ¿De qué sirve decir estas cosas? / Lo que no es bello hace mal en existir; / la belleza sólo ama a la belleza, / abril vuelve la espalda a enero. / La belleza es perfecta, / la belleza todo lo puede, / la belleza es la única cosa que no existe a medias. / El cuervo sólo vuela de día, / el búho sólo vuela de noche, / el cisne vuela de día y de noche”.

Constatado ya que la literatura es el arte más depauperado que existe, hundida casi por completo por los mismos que dicen sentirse parte de ella (codiciosas editoriales, escritores que toman su papel sólo como una profesión, lectores complacientes sin la más mínima capacidad crítica…), uno sólo puede encontrar cierta seguridad a la hora de elegir una lectura en los grandes maestros que sentaron las bases para la evolución y el progreso del arte literario, antes del estancamiento y posterior retroceso que ha sufrido en las últimas décadas. No es que ahora no haya libros capaces sorprender con historias o narraciones de cierto calibre, las hay, pero no es lo común, y la mayoría de los que vemos deslumbrando en enormes estanterías de librerías son vacuos entretenimientos capaces de sumir en el sopor más profundo al incauto lector, porque no dejan de ser productos sin rastro de raigambre literaria que sólo buscan ser vendidos a miles de inocentes y poco exigentes individuos.

Afortunadamente la Historia se olvida de los mediocres y recuerda a los genios, y ese implacable y justo juez que es el tiempo coloca a cada uno en su lugar (reconocidos son hoy maestros en su tiempo fueron despreciados y vilipendiados), y por eso ahora más que nunca los grandes maestros de la literatura se erigen más fulgurantes y necesarios que nunca. Victor Hugo (1802-1885) es uno de esos genios que nos legó verdaderas obras de arte, trascendiendo éstas toda época y tiempo. Su extraordinario retrato sobre el hombre inserto en una sociedad siempre despiadada en Los miserables (Les misérables, 1962) es un milagro literario que arderá eternamente en el Olimpo de las más grandes obras maestras de la humanidad. Pero no fue esta la única hazaña del inmortal escritor francés, también escribió otras novelas sobresalientes, aparte de teatro, poesía y ensayos (algo impensable en un “escritor” actual, por cierto). Una de sus más afamadas obras fue (es) Nuestra Señora de París (Notre-Dame de Paris, 1931), que al parecer escribió por encargo; no importa, el resultado fue, cuanto menos, brillante.

Para enmarcar la narración en un contexto histórico, Victor Hugo retrocedió cuatro siglos, y la sitúa en pleno siglo XV, para lo cual hizo una gran labor de documentación, cosa que se nota en las detalladísimas y precisas descripciones del París de aquella época (aunque también hay que decir que se toma ciertas licencias en algunos puntos). Porque el argumento está vertebrado por la gran catedral de Nuestra Señora (Notre Dame) de la ciudad francesa, y qué mejor período que aquel que vio la arquitectura como el arte más perfecto y sublime de todos cuantos existían (por cierto, ¿no leyó el ínclito Ken Follet este libro antes de intentar hablar de catedrales?); de hecho, hay una interesantísima reflexión —una digresión fabulosa a modo casi de ensayo tan propio de Hugo— sobre lo que supuso la arquitectura en el contexto artístico e histórico, colocándola como lo más sublime emanante del hombre («… la arquitectura ha sido la gran escritura del género humano»).

El argumento es de una sencillez evidente, y a grandes rasgos será conocido por la mayoría, más aún si se ha visto aquel intento de Disney de adaptar la novela en la famosa película El jorobado de Notre-Dame (1996). Pero si el argumento es sencillo (que no simple), no es así la trama, a la cual sabe el autor dotarla de profundidad y múltiples aristas, conformando una enorme historia a lo largo de más de setecientas páginas. Porque Victor Hugo teje una madeja de subtramas que sabe manejar precisamente, apoyadas en un mosaico de personajes dibujados y presentados con suma inteligencia, dotándolos de un bagaje vital que será decisivo en el devenir de los acontecimientos. Es en el planteamiento inicial, en los primeros compases de la narración donde la novela flaquea un poco, porque el arranque es un poco difuso, deslabazado en algunos momentos, hasta que ya en el nudo todo adquiere el sentido necesario, tomando la forma necesaria para su cometido. El jorobado y deforme Quasimodo, la hermosa y bella gitana Esmeralda, el pérfido archidiácono Frollo, el “poeta” Gringoire o la desgraciada Gudule forman el reparto coral de una historia que se mueve entre lo pasional y lo trágico, para ofrecernos de forma apabullante un enmudecedor relato que holla en el sentimiento más idiotizante y falso que existe, que no es otro que eso que llaman amor, y el motor que lo alimenta, la sempiterna superficialidad. El amor que invade a Quasimodo es cierto, puro, sentido, y por lo tanto sólo va a recibir de su amada nada más que indiferencia o incluso desprecio y asco ante su fealdad exterior; en cambio, ésta sí va a caer prendada y rendirse ante la belleza y los atributos de un estúpido y mujeriego capitán que la abandona incluso en el peor momento. Como la vida misma.

Pero Nuestra Señora de París, pese a situarse más de trescientos años antes, es hija de su tiempo, y como toda obra de arte no puede escapar a la realidad que la ve nacer. Así, el autor, siempre tan comprometido, hace un ejercicio de crítica, no precisamente velado, a los temas que le preocupaban, y sabe dirigir su mirada incisiva hacia la pena de muerte, la tortura, la inutilidad e iniquidad de los reyes (Luis XI hace su aparición en algún momento), las condiciones lamentables a los que se sometía a los presos o el maltrato del arte por la ignorancia (tal y como pasa ahora). No puede haber una obra que pretenda alcancar la inmortalidad, trascender su tiempo y llegar a ser intemporal si no se compromete y bebe de su contemporaneidad, y esta novela es ejemplo de ello, porque cogita a la vez que bascula sobre las luces y sombras que la contextualizan.

Mención especial requiere el final, que podría tildar de magistral. Victor Hugo eleva el tono de tensión y dramatismo y desata las emociones contenidas en todas las subtramas para confluir y estallar en un memorable desenlace que golpea al lector sin compasión. No puedo dejar de pensar en su otro gran final, el de Los Miserables, pero si éste nos embriagaba con una infinita carga de emotividad, en Nuestra Señora de París es la tragedia y la desesperación la que conturba sin remisión. Y lo hace de manera magistral, porque lo que acontece lo vemos a través de los ojos de Quasimodo —de su único ojo—, desde su hogar, entre los campanarios que han sido testigos de toda su vida, en la distancia, alejando la situación para enfatizar lo dramático, porque sentimos como el desdichado jorobado, vemos lo que él ve, sufrimos lo él sufre, lloramos lo que él llora. Pero cuando el lector está completamente exhausto, el último capítulo (de tan sólo un par de páginas), nos golpea y sacude con uno de los momentos más hermosos que el que escribe estas líneas puede recordar; allí abajo, en una tétrica cueva a modo de cripta, llena de muerte y dolor, la imagen que se nos presenta quedará indeleble en la memoria, abrazada para siempre a nuestros recuerdos, entrelazada en íntima unión a lo inolvidable, un instante, que jamás se convertirá en polvo…

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