‘Luces de la ciudad’, un cuento de amor

-¿Ahora ya ves?
-Sí, ahora ya veo

‘Luces de la ciudad’ (‘City Lights’, Charles Chaplin, 1931), una de las obras maestras del cine mudo y por tanto de todos los tiempos, así, sin más. Las películas de Chaplin se suelen caracterizar por la gran carga de humanidad que exhiben, haciendo alarde de una precisión quirúrjica en el tratamiento emocional de sus escenas. Y es que este genio supo ver en el cine un poderoso medio de transmisión, y no solo de entretenimiento y comercialidad, llevando los recursos formales del entonces incipiente nuevo arte hasta terrenos exploradores de la condición humana.

Como casi todo el mundo sabrá, ‘Luces de la ciudad’ cuenta la preciosa y divertida historia de un pobre hombre -o mejor dicho, un hombre pobre, Charlot- que cae perdidamente enamorado de una florista ciega, la cual anda igualmente escasa de dinero. Esta es la sencilla propuesta de Chaplin. Pero su inigualable capacidad para crear situaciones cómicas hace que el visionado de esta película sea una delicia, a la vez que se preocupa de exponer al espectador una visión única sentimentalmente hablando, porque más que una comedia, esta película es una narración de uno de los más escasos dones que puede verse en el mundo, esto es, ver más allá de lo que vemos o nos muestran.

Y esta señorita, que no ve a ese individuo que la ayuda y le da paseos en un lujoso coche, que le compra flores (todo fruto de la amistad ocasional de nuestro protagonista con un señor adinerado), igualmente cae prendada de ese desconocido “rico”. Chaplin dirige con pulso maestro una comedia romántica, pero tal término, tan envilecido, se queda pequeño ante esta obra capital. Esta película no merece adjudicarle tan simple etiqueta, va mucho más allá que cualquier producto que podemos encontrar últimamente, cuando se ha popularizado el término.

No es la relación entre el pobre y la joven ciega la que copa la exclusividad del relato, la película está estructurada en dos partes que van alternando, siendo una la más cómica (las peripecias junto a un acaudalado borracho) y otra más romántica y sentimental, que incluso tiene menos protagonismo que la otra en términos de minutaje. Como es habitual, Chaplin es un genio proponiendo situaciones hilarantes, tan divertidas que son difíciles de olvidar (el inicio entre las estatuas es memorable) y muchas de ellas forman parte de la historia del cine. Quizás por ello se recuerda más a este maestro por sus “películas cómicas”, cuando creo que, como en esta obra, su expresión emocional es aún superior a la humorística. Una expresión casi poética capaz de imprimir en cada plano una belleza insuperable (me remito, por ejemplo, a la foto que adjunto).

‘Luces de la ciudad’ es una película muy lírica, como ya he dicho, muy poética, pese a que se disfraza de comedia. Un lirismo que adquiere su culminación en uno de los finales más bellos y emotivos que el que esto suscribe haya podido visionar jamás. Un final capaz de arrancar las lágrimas y encoger el corazón más duro. No me viene a la cabeza otro término, es sencillamente precioso. La sensibilidad que bulle de cada plano de ese breve encuentro es absolutamente maravillosa, toda una experiencia capaz de condensar en unos segundos una catarsis emocional sólo al alcance de ser filmada por unos pocos. Pero ante tan apabullante muestra de perfección visual, lo mejor que puede hacer alguien que escribe sobre esta película es callarse y recomendar sin falta su visionado.

Hablaba el propio Chaplin sobre Charlot: “Es el hombre humilde, resignado, ignorante del drama o de la comedia que vive; el hombre en la vida, llevado y traído por las fuerzas misteriosas del destino, propicio o aciago: el hombre perdido en el mundo”. Y en ‘Luces de la ciudad’ ese casi indigente está igualmente perdido, y quizás esa muchacha ciega le muestra el camino que ni ella misma ve, y es en su reecuentro, cuando la mirada de Charlot se ilumina, como si él también recuperara la vista, la visión de un mundo nuevo abierto ante sus grandes y destartalados zapatos.

Probablemente tenga mucho de fantasía esta fábula de Chaplin. Quizás quiso imaginar un mundo feliz, utópico, manifestando la capacidad humana de ver más allá de lo meramente físico. Porque en el mundo casi nunca se ve ni se mira el fondo, y si hubiéramos trasladado esta historia a la vida real, esa florista, al ver que su salvador no era rico, ni apuesto, ni un galán, hubiera sin duda rechazado a ese hombre casi melifluo que sacrifica parte de su vida, que trabajó duramente por conseguir el dinero para devolverle su casa y la vista a su amada; porque el “amor” suele ser mera superficialidad, pocas veces (¿ninguna?) se ve el que va más allá, y un buen hombre como Charlot jamás hubiera conseguido ni un atisbo de interés si saliera de la pantalla, pese a su bondad, pese a su sacrifico, porque el “amor” está casi siempre embridado a una fachada, un capital o una apariencia, rara vez es algo puramente sentimental. Por ello ‘Luces de la ciudad’ es una fantasía, una ficción que nos habla del agradecimiento, del poder excarbar en las apariencias cuando nadie lo hace, y ello la convierte, junto a todas sus demás virtudes -que son muchas-, en una película absolutamente mágica.

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2 comentarios

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