‘La piel de Zapa’, el deseo o la vida

“La víspera del vencimiento me había acostado con esa falsa tranquilidad de los que duermen antes de su ejecución, antes de su duelo; siempre se dejan arrullar por una esperanza engañosa”

Encontrándome hace algunas semanas ojeando los viejos libros de mi padre, ya un tanto amarilleados por la eficaz e implacable mano del tiempo, fui a dar con un pequeño libro, viejo y maltratado por los años, de la extinta editorial Bruguera, marcado con un curioso precio de 40 pesetas (!¡). ¿El libro? ‘La piel de Zapa’, de Honoré Balzac. Muchas eran las ganas que tenía de leer a uno de los más grandes escritores franceses, referencia indiscutible de la literatura universal y objeto de elogios de los más consagrados autores. Sin ir más lejos, el gran Oscar Wilde tenía a Balzac como modelo, y estamos hablando de un monstruo de las letras de todos los tiempos.

Balzac es uno de esos escritores que encuadro, desde esta su primera obra, en el selecto grupo de creadores que van más allá de sus propias historias. Quizás cabría incluir junto a él portentos de la talla de Faulkner, Marías, Conrad o Benet. Estos escritores, sí, tienen en su haber novelas inmortales, sublimes, pero no se quedan sólo en novelas al uso, sus escritos traspasan los límites de la mera historia que narran e indagan en terrenos más humanos, más profundos. Puede que el lector me reproche que casi todas las novelas tienen algo más que transmitir que una simple historia. Y le doy la razón -o casi, cuando me acuerdo de cierta saga pseudovampiresca-. Pero cuando digo esto, me refiero a que la construcción de la clásica novela, se ve apoyada -y encumbrada- en las reflexiones vitales en torno a sus protagonistas. Digamos que éstos son el continente -de la novela, claro- y su yo profundo el contenido, lo realmente sustancial.

Como decía, Balzac pertenece a esta élite sin ningún género de dudas. ‘La piel de zapa’ (1831) es su primera novela importante y lo colocó en su momento como un escritor muy a tener en cuenta. En ella existen elementos críticos, a saber, sobre las sociedad, la política, las débiles relaciones de pareja, la ciencia; son muchos los temas que nos abordan mientras nos sumergimos en una historia con tintes sobrenaturales, hechos que, pese a ser el motor de la novela, están siempre en segundo plano, relegados sólo para echar mano de ellos en momentos puntuales, especialmente en el tramo final.

Con un magnífico comienzo donde nos presenta a un depresivo y suicida personaje, llamándolo simplemente como “el desconocido”, las primeras páginas nos sitúan en la perspectiva que nos va a ofrecer el estilo -depurado y detallista- con un paseo hacia la desesperación donde, sin pasar mucho, las secuencias se agolparán en nuestra mente y estimularán la curiosidad del lector. En esos compases iniciales -que recuerdan poderosamente al gran Javier Marías- nuestro desconocido, tras salir de una sala de juegos aún peor de lo que entró, porque su situación era desesperante, vaga, meditabundo, y a punto de arrojarse al Sena, acompañado de una mortecina ciudad, reflejo de su espíritu, y es cuando entra, casi por inercia, en una tienda de antigüedades, donde encuentra un objeto, un talismán -una piel de zapa (especie de asno)- con un poder absoluto. Y es aquí donde se nos revela el nombre del individuo, intencionadamente, iniciando una etapa totalmente nueva en su vida.

Sin entrar más en detalle -nunca hay que destripar una trama más allá de lo necesario- ese poder inigualable otorga al que lo posee que sus deseos, lo que más quiere o implora, se haga realidad, como si de un genio de la lámpara se tratara. Pero Balzac no se iba a quedar con algo tan simple, y en un alarde de genialidad, le adjudica al misterioso elemento un cruel efecto secundario; hace que por cada deseo concedido, la piel merme, se reduzca en sus dimensiones, y con ella… la vida de su poseedor. No podemos evitar pensar en qué haríamos nosotros. ¿Sacrificar parte de nuestra vida a cambio de obtener cuanto quisiéramos? ¿Quién estaría dispuesto? Muchos, seguro.

Pero no es la piel un elemento que tenga mucha presencia, como tal, en la novela. No está presente como un “personaje” decisivo, por lo menos en su primera mitad. Porque el protagonista, tras un primer influjo, comienza un larguísimo -y genial- monólogo, de casi 200 páginas divagando sobre su vida, sobre los elementos que le han llevado a su situación actual -recordemos, al borde del suicidio-, hechos marcados por la férrea disciplina de su padre y por un amor platónico, el cual Balzac lo expone como primordio de la deshonra del espíritu y lo banaliza hasta lo irrisorio, poniendo en escena aquella forma de amor guiada por el lujo y la pose social (a día de hoy tan indiscriminadamente acentuado). Y aquí, en ese largo interludio, quizás el lector que busca cosas más directas, menos profundas, encuentre la obra densa, lenta e incluso aburrida. Depende de cada uno, pero a mí me parece alta literatura, que ofrece mucho más de lo que parece a simple vista (valga como ejemplo sentencias como esta: “La clave de todas las ciencias es, ciertamente la interrogación. Debemos la mayoría de los grandes descubrimientos al ‘¿Cómo?’, y la sabiduría en la vida consiste acaso en preguntarse a cada instante ‘¿Por qué?’ Pero también esta ficticia presciencia destruye nuestras ilusiones”).

Es en los últimos compases de la novela donde la piel de zapa adquiere un protagonismo real. La influencia de ésta en el devenir de Rafael -así se llama nuestro protagonista- se acentúa y comienza a convertirse en una pesada losa, una espada de Damocles que no puede controlar y en cualquier momento puede cercenar su vida, y le infunde un temor demencial -pese a poseer cuanto desea-. Sí, un poder sobrenatural, capaz de ofrecer todo lo que se le pide, a cambio de nuestra existencia. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a pagar el precio? Difícil responder. Hay vidas desgraciadas, quizás víctimas de amores criminales, de padres cínicos o de simple mala suerte. Quizás ellos, los desamparados, los abandonados, dieran un pedazo de su vida por, al menos por un momento de felicidad, cambiar un breve lapso de su existencia.
Esto es Balzac, esto es ‘La piel de zapa’, una invitación a asomarnos a una sociedad injusta, a los amores despreciados, al abismo de la duda de elegir entre lo pretendido, la apetencia, el deseo o una triste historia.

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6 comentarios

  1. […] tres relatos magistrales. Poseedor de una narrativa que considero altísima literatura, como ya comenté al hablar del estilo de Balzac, que igualmente me sorprendió con ‘La piel de zapa’. Y […]

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  2. […] años después de su excelente ‘La piel de zapa’, Horoné de Balzac publica con gran éxito su segunda obra importante, ‘Eugenia […]

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  3. […] que merezca la pena recordar, bien sea de sus lineas o de sus diálogos. En mi reseña de ‘La piel de zapa‘, añadí una sentencia lúcida, profunda, que me hizo pensar, pararme a divagar sobre ella […]

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  4. […] años después de su excelente ‘La piel de zapa’, Horoné de Balzac publica con gran éxito su segunda obra importante, ‘Eugenia Grandet’ (1833 […]

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  5. […] que merezca la pena recordar, bien sea de sus lineas o de sus diálogos. En mi reseña de ‘La piel de zapa‘, añadí una sentencia lúcida, profunda, que me hizo pensar, pararme a divagar sobre ella […]

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